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jueves, 6 de marzo de 2014

BR- Capítulo 17

-¿Así que Massimo? –preguntó Cassandra sonriente-. ¿Por qué a mi cabeza solo viene el aspecto de un dios griego?
            -Oh, porque eso es lo que es. Ares tendría mucho que envidiarle a semejante hombre –contestó Alice risueña.
            Las dos se rieron y se acomodaron sobre el césped donde estaban tumbadas. Cassandra, apoyada sobre el estómago, arrancaba trocitos de la hierba del suelo y balanceaba las piernas suavemente en el aire, mientras Alice mordisqueaba despreocupadamente una chocolatina y se retorcía un mechón de pelo entre los dedos.
            -Sigo sin entender cómo no pudiste verle. La marea de chicas debería haberte arrastrado hacia él –se carcajeó-. Fue una lástima que tuviera que irse pronto, sino os hubiera presentado.
            -Estuve bastante escondida hasta que me topé contigo. Las multitudes no me entusiasman, ya sabes.
            -Ya… esa tendencia tuya a esconderte –había un pequeño matiz de reprimenda en su voz, pero frunció los labios en un gesto gracioso y se concentró de nuevo en su chocolatina.
            Cassandra la miró unos instantes pero después volvió a su entretenimiento.
            -Entonces… ¿qué pasó con mi hermano? –preguntó de repente Alice.
            -Ah, no, no empieces con eso. Además, todavía no me has contado nada concreto sobre ese dios griego al que envidiaría el mismísimo Ares –le recordó mirándola fijamente.
            -Acabarás contándomelo todo, señorita Diamantidis, te aviso –dijo clavando sus ojos verdes en los de Cassandra, y provocando que esta apartara ligeramente la mirada-. No pasó nada serio con Massimo, la verdad. Pero el chico besa bien –añadió en el último momento riéndose.
            Cassandra se rio con ella y la golpeó con el hombro.
            -¿Y qué hay de Filippo? –recordó de repente.
            -¿Filippo? No es que estuviera saliendo con él ni nada, solo quedamos un par de veces a tomar algo, pero me gusta sacar de quicio a mi hermano, y si exagero cuando hablo de mis “amigos” a él se lo llevan los demonios.
            -Un día acabarás matándole a disgustos –comentó en broma-. En cierto modo le entiendo, cuando mi hermana Dafne comience a salir con chicos tendré la tentación de raptarla y llevármela a Nueva York conmigo.
            -¿Y tus hermanos?
            -¿Mis hermanos qué? –preguntó confusa.
            -¿No te saldrá la vena sobreprotectora cuando empiecen a salir con chicas? –aclaró Alice.
            -¿Ponerme en plan sobreprotector con ellos? Para nada, yo me preocuparía más por sus futuras novias que por ellos –rio-. Son más listos que los ratones coloraos –esto último lo dijo en español, lo que causó que su amiga le dirigiera una mirada de confusión.
            -¿Qué?
            -Un dicho español, olvídalo, quería decir que son muy espabilados.
            -Ah –murmuró Alice pensativa.
            Se volvieron a tumbar en silencio, esta vez ambas mirando al cielo, meditando internamente y observando las nubes blancas como el algodón que pasaban sobre ellas. Alice pensaba sobre la noche anterior, repasando los acontecimientos más relevantes y evitando pensar en una persona en concreto. Cassandra por su parte pretendía auto-convencerse de que estaba perfectamente, que lo de aquella mañana no le había afectado, pero no tenía demasiado éxito en su tarea. Ambas cerraron los ojos en algún punto, disfrutando del cálido sol y del silencio que las rodeaba, hasta que este fue interrumpido por unos suaves pasos sobre el césped y una sombra se cernió sobre ellas. Abrieron los ojos rápidamente, molestas por la interrupción de esos tranquilos momentos.
            -¿Stefano? ¿Qué haces aquí? –preguntó Alice desconcertada al ver al hombre parado frente a ellas, con esa expresión suya, que no dejaba entrever una sonrisa pero tampoco denotaba seriedad total.
            -Encantado de verte a ti también, Alice –dijo con sorna.
            Cassandra susurró un rápido saludo y volvió a sumirse en el silencio. Alice ignoró el comentario de su vecino y continuó sin más.
            -¿Ha pasado algo? –frunció el ceño algo desconcertada, pero rápidamente se le ocurrió otra cosa-. ¡Oh! No lo había pensado, vienes a ver a Domenico, ¿no? Está en el despacho, hoy tenía que hablar con… bueno, no sé, alguien de su empresa.
            -No, no, pasaré a saludarle antes de irme, pero venía de parte de mi madre a traer unas cosas que pidió prestadas –levantó el brazo derecho, de donde colgaba una bolsa de tela-, y a invitaros a una comida que organiza mi padre mañana antes de irse unos meses a Inglaterra por unos asuntos del trabajo.
            -Ah –murmuró Alice no muy segura de qué más decir-. Gracias por la invitación, no puedo hablar por mis padres, pero supongo que iremos todos encantados. Les preguntaré cuando vuelvan de la ciudad.
            Stefano sonrió formalmente como respuesta.
            -Y, por supuesto, tú también estás invitada, Cassandra –miró a la mencionada-. El otro día mis padres no tuvieron el placer de cruzarse contigo, pero les encantará tenerte allí.
            -Oh –exclamó suavemente-, muchas gracias por la invitación, pero no es necesario, no quiero molestar. Al fin y al cabo solo charlé un rato contigo y con tu hermano.
            -Insisto, no hay ningún problema –él mantuvo su sonrisa, que a Cassandra le pareció extrañamente forzada, como si no acostumbrara a sonreír-. Además, también conoces a Lara, ¿verdad? Me dijo que se cruzó contigo en la planta de arriba.
            Muy oportunamente, Cassandra había olvidado a la repelente morena que por desgracia se había cruzado en su vida durante unos minutos, así que le desagradó que Stefano la mencionara mientras una enorme sonrisa se mostraba en sus labios, pero aun así manteniendo su curioso estado de continua despreocupación. Haciendo uso de todo su autocontrol, le regaló una diminuta sonrisa y asintió.
            -Cierto. Aunque tan solo nos presentamos, no hablamos demasiado.
            -Pues esta es una fantástica ocasión para conoceros mejor, ¿no crees? –esa sonrisa que a Cassandra cada vez le desagradaba más, persistía en su rostro.
            Alice alternaba la mirada entre ambos, preguntándose de donde venía toda aquella incomodidad que claramente sentía Cassandra, pero cuando el nombre de la mediana de los Cacciatore salió en la conversación y el malestar de su amiga prácticamente se duplicó, decidió intervenir.
            -Stefano –llamó su atención y se levantó del suelo-, muchas gracias por la invitación, se lo diré a mis padres –extendió la mano y tomó la bolsa-. Y le daré esto a mi madre.
            -Claro, y no hay de qué.
            Cassandra seguía sentada en el suelo, arrancando briznas de césped y sin mirar a nadie. Cuando unos incómodos segundos en lo que nadie se movía o decía nada, pasaron, Alice se agachó y tiró de su amiga, obligándola a levantarse.
            -Bueno, acabo de recordar que tenemos que hacer unos recados –le dijo a Stefano-. Nos vemos mañana entonces.
            Él se despidió con un movimiento de cabeza y no le dio tiempo a decir más antes de que Alice arrastrara detrás de ella a Cassandra y se dirigiera a toda prisa a la puerta trasera que daba a la cocina. Una vez dentro de la casa, se sentó en un taburete de la encimera de granito blanco y hundió la mano en un cuenco de frutos secos que había encima, cogiendo un buen puñado y haciendo crujir los pequeños frutos en su boca.
            -¿Qué pasa con Stefano? –preguntó al final al cabo de unos minutos, los cuales Cassandra se había quedado apoyada contra la encimera mirándose distraídamente las uñas.
            -¿Qué? –levantó la cabeza-. Nada, le conocí ayer, ¿qué va a pasar?
            -Tienes esa cara.
            -¿Cara? ¿Qué cara? –preguntó haciendo una mueca.
            -Esa –se rio Alice-. La que pones cuando quieres fingir que algo te da igual pero en realidad te está haciendo rabiar por dentro.
            La mandíbula de Cassandra cayó abierta. Alice se echó a reír.
            -Para cualquiera con el suficiente interés y una relativamente alta capacidad de observación eres fácil de conocer y entender –le explicó sonriendo-. Y además, conmigo bajas mucho las defensas.
            Cassandra resopló. Era lo mismo que le pasaba con Lorraine, se sentía tan cómoda la mayor parte de las veces que dejaba de estar a la defensiva todo el tiempo. Sonrió ligeramente a su reciente amiga y se sentó en un taburete junto a ella.
            -No te enfades conmigo, sé que los Cacciatore son amigos vuestros de toda la vida, pero Stefano no me da buena espina, no sé por qué.
            Alice asintió.
            -Lo sé. El problema es que no ha cambiado con los años. Domenico y él eran buenos amigos cuando estaban en el instituto –una sonrisa se extendía por su rostro mientras recordaba-. Era los tipos guapos, algo arrogantes y con un ego tan grande como esta casa.
            Soltó una carcajada corta.
            -Recuerdo esa vez, un verano, cuando mis padres se fueron un fin de semana a la boda de uno de los socios de papá. Nosotros no podíamos ir, no recuerdo bien por qué. Lorenzo no estaba en casa, nunca solía estarlo a partir de cumplir los dieciocho. Yo tenía unos diez años, y mamá y papá, tras mucho insistir, consideraron que Domenico era suficientemente mayor como para quedarse a cargo de la casa y cuidarme a mí. Mimmo se negaba en rotundo a que contrataran una niñera, decía que era demasiado mayor como para ser cuidado por chicas tontas poco mayores que él o ancianas mandonas y gruñonas –puso los ojos en blanco y suspiro-. Así que el viernes por la noche papá y mamá se fueron para coger el avión y nosotros nos quedamos en el sofá viendo la tele y comiendo chucherías que normalmente no me dejaban tomar por la noche.
            Hizo una pausa de unos segundos para sacar un refresco de la nevera y siguió hablando bajo la atenta mirada de Cassandra.
            -En realidad él no tenía intención de hacer nada malo ni sacar de control las cosas, solo le parecía genial poder tener un fin de semana la casa para él. Y a mí me encantaba que me dejara hacer y comer lo que quisiera, pensé que sería el mejor fin de semana del mundo –soltó una carcajada irónica-. Y al principio lo fue, pero luego todo se desmadró.
            Cassandra la miraba interrogante, realmente interesada en lo que sucedería después, repiqueteando con la uñas sobre la encimera.
            -Stefano vino el sábado por la mañana con esa sonrisa suya en la cara que no ha cambiado con los años. Acabó convenciendo a Domenico de celebrar una pequeña fiesta con los amigos más cercanos –suspiró-. Ya puedes imaginarte, una pequeña fiesta acabó siendo un completo descontrol de adolescentes bebiendo, bailando y gritando. Los niños ricos de papá siempre creen que tendrán gente detrás para limpiar sus desaguisados, así que nunca se preocupan por lo que hacen, es algo que aprendí con los años. Si Mimmo y yo no somos ahora tan repelentes como todos aquellos estúpidos ricachones es porque mi madre pasó la mayor parte de su vida casi sin dinero, así que nos enseñó a valorar lo que tenemos. Aun así sé que hay veces que actúo como una niña mimada, pero me enfado más conmigo misma que con el resto cuando me doy cuenta de ello.
            Cassandra asintió lentamente con una pequeña sonrisa estirando sus labios.
            -Te entiendo. En mi casa siempre había dinero suficiente, aunque no fuéramos ricos. Mis padres me mandaron a buenos colegios porque podían permitírselos con un pequeño esfuerzo ajustando los gastos de casa. Vivíamos bien.
            Alice asintió.
            -Entonces sabes lo irresponsables que pueden llegar a ser esos críos. Dejaron la casa patas arriba. El salón y la cocina estaban irreconocibles al día siguiente. Yo me encerré en mi habitación con una caja de galletas, una botella de zumo y la televisión encendida cuando empezó a haber demasiada gente en la casa. De vez en cuando mirada por la ventana para ver qué estaba pasando en el jardín. Solo puedo decir que una niña no debería ver gente borracha en el jardín de su casa a esa edad.
            Rio ligeramente y señaló al jardín.
            -Ese porche que está todo solado antes era césped, y a un lateral había un precioso rosal, de flores rojas que olían mejor que nada que hubiera olido en mi vida. Lo había plantado cuando tenía poco más de cinco años con mi madre, y era mi planta preferida de toda la finca. Cada vez que veníamos por vacaciones era la niña más feliz del mundo cuidando de él. Realmente extrañaba la planta cuando estábamos en el piso del centro en los meses de colegio. Así que ahí estaba yo, echando un vistazo a la fiesta y pensando lo poco que quería hacerme mayor si eso significaba estar en fiestas tan horribles como esa, cuando vi a unos cuantos arrancar las flores y tirar los pétalos por el suelo haciendo el tonto, pisoteando mi rosal y prácticamente destrozándolo –su cara estaba perdida en los recuerdos-. Ignoré que Domenico me había prohibido bajar, aunque no es que yo quisiera hacerlo, y corrí escaleras abajo, salí al jardín y le pegué un empujón a uno de los imbéciles que estaban alrededor de mi rosal. Caí de rodillas junto a él y me puse a sollozar y gritar tan alto que mi hermano lo oyó. Se acercó y me cogió en brazos. Echó a todo el mundo tan rápido que apenas me di cuenta de ello. Solo quedamos nosotros dos y Stefano. Ellos empezaron a discutir. Yo estaba sentada limpiándome las lágrimas de la cara. Recuerdo perfectamente el momento en el que decidí levantarme y pegarle una patada a Stefano en la pierna. Sabía que todo había sido culpa suya, y no me gustaba que estuviera gritando a mi hermano así, llamándole aburrido y cosas peores. Me escondí detrás de Domenico y este le echó. Creo que ese día algo en su amistad se rompió. Me sentí mal durante algún tiempo porque creía que era mi culpa, por montar semejante alboroto por un simple rosal. Pero tarde o temprano habría pasado. Mi hermano maduraba mientras Stefano se quedaba estancado en la etapa del niño rico.
            Cuando terminó su historia suspiro y sonrió.
            -Larga historia, ¿eh? –susurró y tomó un trago de su refresco.
            Cassandra sonrió y asintió.
            -La gente cambia, o no, con los años. Yo, por suerte conservo a mi mejor amiga desde que éramos niñas. Evolucionamos y maduramos más o menos al mismo tiempo, así que siempre hemos estado muy unidas. Cuando nos mudamos a Estados Unidos vivimos juntas durante un tiempo.
            Alice sonrió.
            -Debió de ser genial –susurró alegremente.
            -Lo fue, sí –contestó Cassandra riendo-. Y ahora en unos meses ella se casa. Toda una aventura. Vive con su novio, bueno, ahora prometido, desde hace ya un par de años.
            -¡Oh, una boda! Hace años que no voy a una. Me encantan, la mayoría de las veces estoy más emocionada yo que la novia –se rio-. Estoy deseando que Mimmo se case para montarle toda una fiesta pomposa. A mí todavía me quedan muchos años para eso.
            -Yo diría que a tu hermano también, no se le ve con muchas vistas al matrimonio, sinceramente.
            Alice le guiñó un ojo.
            -Porque tú te haces la difícil, sino ya te habría arrastrado a Las Vegas para que te casaras con él lo antes posible.
            Cassandra rodó los ojos, ¿qué tenía todo el mundo con decir que se escaparían y se casarían en Las Vegas? Bastante tenía con oír esa locura de boca de Lorraine para oírla también en labios de Alice.
Alice por su parte seguía hablando.
            -Pero será mejor que no hagáis eso o a la vuelta, después de las felicitaciones, os mataré a los dos. Y sería una pena que os asesinara después de que os caséis, así que no lo hagáis.
            -Deja de decir esas tonterías, Alice.
            La mencionada arqueó una ceja y frunció los labios.
            -No son tonterías, ¿o me vas a negar que cuando he entrado en tu cuarto antes estabais bastante… juntos?
            -Solo estábamos hablando –mintió ella.
            -Sí, claro, hablando. En albornoz, sentada sobre él, con una de sus manos en tu pierna y los labios pegados. Vamos, lo que viene a ser una amistosa charla mañanera, por supuesto.
            Cassandra bajó la mirada y notó sus mejillas sonrojarse un poco, cosa que últimamente le pasaba demasiado, y no le gustaba para nada. Alice la empujó ligeramente con el hombro y guiñó un ojo.
            -No seas tonta. Estás obsesionada por negar lo que hay entre mi hermano y tú, y no sé por qué, tampoco me importa demasiado, solo sé que te pasara lo que te pasara tienes que superarlo. A mi hermano le dejaron plantado poco tiempo antes de su boda, ¿qué hay más horrible que eso? Y con el tiempo consiguió superarlo.
            Cassandra asintió levemente todavía con la cabeza baja, más como con una ligera sacudida que un asentimiento real.
            -Ali, cielo, para –una voz llegó desde detrás de ellas.
            Ambas se dieron la vuelta deprisa para encontrarse de frente con una seria Carola, detrás de la cual estaba Apprile con los brazos en jarras.
            -Abuela, mamá –exclamó Alice sorprendida.
            -Deja de ser una niña entrometida –la regañó Apprile caminando hacia ellas.
            Alice resopló.
            -Ya no tengo 6 años, no soy ninguna niña –murmuró frunciendo el ceño.
            -Pues nadie lo diría –replicó su madre.
            Carola avanzó hasta ponerse frente a su nieta y envolvió un brazo a su alrededor.
            -Eres tan entrometida como lo era mi difunta madre, y sé que tus intenciones siempre son buenas, pero no todo puedes arreglarlo, cariño. Esto es cosa de tu hermano y esta preciosa señorita –sonrió asintiendo con la cabeza hacia Cassandra-. Ya solucionarán las cosas si es que tienen que hacerlo.
            Alice se cruzó de brazos con el ceño fruncido.
            -Jamás arreglarán nada, son los dos igual de orgullosos.
            Cassandra escuchaba todo esto en silencio, sin mover un músculo.
            Un extraño silencio se asentó en la cocina cuando las tres mujeres Di Gennaro la miraron con ojos compasivos. Ella odiaba esas miradas como pocas cosas en el mundo. La lástima nunca fue para ella, y precisamente era ese uno de los motivos por el que se aseguraba de evitar que le rompieran el corazón. Si nada la dañaba nadie podría sentir lástima de ella por nada.
Se levantó del taburete en un movimiento rápido y se apresuró a salir de la cocina sin mirar hacia delante, teniendo como resultado un duro golpe contra alguien que la mandó directa al suelo de culo. Sintió movimiento a su espalda, cuando Alice, Carola y Apprile se apresuraron a acercarse y ayudarla a levantarse. Cuando estuvo sobre sus dos piernas de nuevo, se frotó el suavemente el golpe que notaba que se había dado en el codo y levantó la cabeza para enfrentarse a quien la hubiera golpeado tan bruscamente, con los ojos iluminados por un poco tranquilo fuego que se había trasladado allí desde sus mejillas.
            -Lo siento, Cassandra. Venía a coger algo, iba mirando hacia atrás y no me di cuenta. ¿Estás bien? –preguntó Domenico con la voz calmada, aunque se podía notar el nerviosismo que realmente ocultaba su supuesta tranquilidad.
            -Sí –se sacudió de encima la mano que él le tendía.
            -Cassand…
            Ella le interrumpió con una cortante mirada.
            -No pasa nada, no ha sido a propósito, ya lo sé.
            Él asintió y echó un vistazo detrás de ella, hacia su hermana, su madre y su abuela con mirada interrogante. Alice trató de abrir la boca, pero las otras dos mujeres negaron con la cabeza y salieron por la puerta del jardín arrastrándola con ellas mientras se quejaba y gruñía. Domenico se rio.
            -No sé quién temen más que se cabree, si tú o yo.
            Cassandra le lanzó una mirada envenenada.
            -Jamás me cabrearía con ellas. No han hecho más que ser amables desde que llegué aquí –replicó ella.
            -¿Sigues pensando que fue una idea tan horrible venir a Siena y quedarte en casa de mis padres? –susurró él con la cara neutra.
            -A ratos. Pero no me arrepiento de haberlas conocido a ellas –asintió con la cabeza hacia la puerta trasera.
            Él asintió.
            -Te adoran. Más de lo que puedas pensar –susurró mientras caminaba hacia la nevera y sacaba un par de botellines de cerveza de ella.
            Le tendió uno a Cassandra y sonrió levemente.
            -¿Entonces vamos a hablar o vas a seguir evitándome como si tuviéramos quince años?
            Ella se encogió de hombros.
Él suspiró pasándose una mano por el pelo.
            -Está bien –murmuró ella por fin al cabo de unos angustiosos minutos.

            Domenico cerró los ojos unos segundos aliviado y se sentó junto a ella para tener esa conversación que, a pesar del poco tiempo que llevaban conociéndose, le parecía que ya hacía mucho que necesitaban tener.


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Y después de lo que parecía una eternidad... ¡aquí está! Decidme, qué os ha parecido. ¿Hay ganas de que el ya mencionado Lorenzo aparezca? ¿Se reclama alguna escena romántica? ¿Qué echáis en falta? Yo por mi parte diría lo del momento romántico jaja Soy una romántica empedernida de vez en cuando ;P Pues nada, si no sigo retrasando la aparición con mi reticencia a sacar a mi muy odiado Lorenzo, y todo sigue según lo previsto, dentro de dos o tres capítulos aparecerá ya sí que sí el mencionado. Y descubriremos en quién pensaba Alice mientras estaba tumbada en la hierba y por qué estaba tan distraída. 

¡Y esto es todo por hoy! A ver si me doy prisita en escribir el siguiente, que la distracción que tengo encima no es normal >-<


¡Un saludo!♥

jueves, 2 de enero de 2014

Capítulo 16

            Ya había pasado el mediodía y el sol brillaba intensamente en lo alto cuando Domenico empezó a desprenderse de la telaraña que el sueño había tejido sobre él. Aunque sabía que seguramente había dormido bastantes horas, se sentía poco descansado, y notaba la cabeza pesada y embotada, como si tuviera una capa de algodón envolviéndole el cerebro. Aún con los ojos cerrados, estiró brazos y piernas mientras un bostezo escapaba de sus labios, y en el proceso se topó con un cuerpo a su lado que le provocó unos segundos de pánico. Se tranquilizó a sí mismo cuando recordó lo ocurrido al terminar la fiesta y giró sobre su costado izquierdo, apoyándose sobre el codo, para observar a Cassandra. Sus labios guardaban aún una pizca del color rojo con que, como casi todos los días, los había pintado para la fiesta, pero poco maquillaje más se veía en su cara. Algo de rímel y un toque de delineador negro, que apenas se habían movido de su sitio. Suspiró a la par que alargaba la mano derecha para recoger un rizo que le caía sobre la cara, que depositó con cuidado tras la oreja, y se inclinó para rozar sus labios con los de ella, ligeramente, tan solo un suave toque. Se separó y continuó observándola con ternura. En su fuero interno no hacía más que pensar que despertarse de esa manera todos los días sería una maravilla, y también su perdición, podría contemplarla durante horas sin importarle lo más mínimo el mundo exterior, incluyendo su adorado trabajo.
Llevaba ya unos minutos perdido en sus cavilaciones cuando Cassandra comenzó a removerse, deshaciéndose de las sábanas que estaban enredadas en sus piernas empujándolas hacia abajo. Se frotó los ojos con las manos y giró sobre sí misma para quedar boca abajo. En todo aquel movimiento a Domenico no le pasó desapercibido el hecho de que la camiseta que ella llevaba como pijama había quedado a la altura de la cintura, y pudo observar libremente la parte baja de su espalda, la fina ropa interior de encaje color salmón y las largas piernas, una estirada y la otra doblada. La tentación de tocarla era grande, enorme de hecho, pero se contuvo por respeto a ella y, para qué mentir, por su propio instinto de supervivencia. Cassandra sería muy capaz de abofetearlo si hacía algo así. Unos segundos después, ella continuó con su desperezamiento, se sentó de rodillas y estiró los brazos por encima de su cabeza.
            -Buenos días, preciosa –Domenico decidió que tenía que intervenir y ese era un momento igual de bueno como cualquier otro.
            Notó la sorpresa en el rostro de Cassandra cuando abrió los ojos y se giró hacia él, seguido de un leve alivio por el hecho de reconocerle, pero que volvió a dar pasó a una mezcla entre sorpresa y terror.
            -¿Domenico? ¿Qué haces en… -miró a su alrededor para cerciorarse de que no era ella la que se había colado en el cuarto de él en la enajenación de la noche y el alcohol- mi cuarto? Mi cama, para ser más específicos. Tú y yo…
            Él se rio durante unos segundos, pero paró cuando vio que a Cassandra todo aquello no le hacía ninguna gracia.
            -Ey –dijo suavemente.
            Se acercó a ella, tendiendo una mano y agarrando unas de las suyas. Cassandra pareció consentir eso y guardó silencio.
            -Tranquila. Te estaba esperando aquí para hablar cuando casi todo el mundo se había ido. ¿Recuerdas? –preguntó cauteloso.
            Ella lo miró fijamente unos instantes, su cerebro funcionando a toda velocidad, buscando entre los recuerdos de la noche para llegar al por qué Domenico y ella habían despertado en la misma cama. Domenico casi oyó como su cerebro hizo ‘clic’ cuando la expresión de ella se relajó notablemente.
            -Bien –susurró desplomándose de nuevo sobre el colchón.
            Domenico continuó observándola pero no dijo nada, se limitó a permanecer sentado, pensativo.
            -¿Tan terrible hubiera sido que hubiera pasado algo entre nosotros? –dijo de repente en tono ofendido-. O sea, no soy tan horrible, ¿no? Parece que te hubieras librado de la peor cosa que pudiera ocurrirte jamás.
            Cassandra abrió los ojos y se incorporó de golpe, provocándose un ligero mareo que consiguió calmar en unos segundos.
            -No, es que… Quiero decir… -ella tartamudeaba mientras él continuaba observándola-. No sé lo que quiero decir. Es la primera vez en años que no puedo dar una respuesta a algo.
            -¿Y eso qué significa?
            -No lo sé.
            Ambos soltaron un suspiro pesado y se quedaron mirando a ningún lugar en particular.
            -Ayer, bueno, antes, me besaste –soltó él de repente.
            -¿Qué?
            -Cassandra –la miró fijamente-. Puedes estar segura de que bebí más que tú, y no creo que seas de esa clase de personas a las que el alcohol hace perder la memoria fácilmente. Sabes perfectamente todo lo que pasó. ¿Me equivoco?
            Ella permaneció en silencio, mirándole fijamente, no queriendo responder a nada. Sabía que él sabía perfectamente que recordaba sin problemas los acontecimientos ocurridos varias horas antes. Le parecía absurdo responder. Interiormente estaba demasiado confusa para decir nada, cualquier cosa, estaba convencida de que solamente sería capaz de soltar incoherencias, así que prefirió guardar silencio y esperar a que algo pasara. ¿El qué? No lo sabía. Que se levantara y se marchara cabreado, que se levantara y se marchara cabizbajo, que se acercara y la bes… No, eso no, ni hablar. Se reprendió mentalmente por pensar algo semejante.
Así que, no sabiendo qué hacer, fue ella la que se levantó y huyó, encerrándose en el baño, donde abrió la ducha y se metió durante más tiempo del que jamás había invertido en asearse tomándose su tiempo para lavarse el pelo e incluso secarlo bien con el secador, y cuando se dispuso a salir del baño tenía la esperanza de que él se hubiera ido. Pero, como no, la suerte no estuvo de su lado.
            -Lo siento –fue lo primero que oyó cuando caminó dentro de la habitación, envuelta en un amplio y suave albornoz de color negro.
            -¿Qué? –abrió los ojos sorprendida, mirándole fijamente.
            -No debería presionarte así, no tengo ningún derecho. Lo siento –repitió.
            Domenico pasó una mano por su cabello castaño despeinado y esperó sentado a que ella dijera algo, pero Cassandra tan solo se sentó en el banco del ventanal y le observó con una expresión indescifrable en el rostro.
            -Tarde o temprano te darás por vencido, todos lo hacen –susurró ella.
            -Yo no soy como todos –replicó él-. Y siempre consigo lo que quiero.
            Eso consiguió arrancarle una sonrisa a Cassandra, porque ella tampoco se amedrentaba nunca ante nada, siempre conseguía aquello que deseaba.
            -¿Y qué es lo que quieres exactamente? –preguntó, entrando en un juego al que, aunque sabía que saldría escaldada, le era imposible resistirse.
            Domenico le lanzó una mirada entre incrédula y pícara.
            -Sabes lo que quiero, no te hagas la tonta –se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las piernas.
            -Realmente no lo sé –dijo ella sinceramente cambiando la expresión de su rostro-. Nunca entenderé qué quieres tú de mí. A los hombres suele bastarles un poco de atención o una noche… memorable, para ver cumplidos sus deseos –susurró con el rostro serio-. Aunque la gran parte de ellos jamás llegan a ese punto.
            -Te lo he dicho, yo no soy el resto de los hombres.
            -Esa frase es tan típica que carece de sentido –dijo mordazmente.
            -Cassandra, para ya eso. Deja de estar a la defensiva siempre que las cosas escapan de tu control –se levantó y rápidamente se sentó junto a ella-. Deja de ver un potencial enemigo en todo aquel que quiera acercarse a ti.
            Ella apartó el rostro y bajó la mirada, conteniendo las ganas de levantarse y encerrarse en el baño hasta que él se decidiera  marcharse.
            -Tienes que irte, deberíamos vestirnos y bajar a comer algo.
            -No –replicó él rotundamente-. No me voy a ir.
            -Domenico…
            -No –repitió-. No vas a escaparte así esta vez.
            Se miraron el uno al otro durante unos segundos y, finalmente, Cassandra asintió.
            -Como quieras –se puso de pie con intención de ir hacia el armario a coger algo de ropa, pero el agarre de Domenico en su muñeca se lo impidió.
            -He dicho que no vas a escaparte esta vez, de ninguna de las maneras.
            Con un movimiento rápido tiró de ella sentándola en su regazo y capturó sus labios en un beso tan dulce como intenso. Saboreó lentamente su boca, abriéndola con la mano derecha hasta que permitió que su lengua danzara con la suya. Deslizó una mano por su pierna mientras la otra acunaba su rostro con ternura, sin romper el beso. Cuando al fin se separaron, se quedaron frente con frente, respirando agitadamente.
            -Domenico, por favor, no…
            Él la atrajo de nuevo, no queriendo escuchar nada de lo que tenía que decirle.
            -…sigas –suspiró ella cuando sus labios se apartaron.
            Y fue en ese momento cuando Cassandra supo de verdad que no se daría por vencido, que insistiría hasta que ella cediera. Y también fue el momento en el que se dio cuenta de que jamás había tenido unas ganas tan intensas de dejarse llevar, y eso la asustaba más que nada en el mundo.
            -¿Qué estás pensando? –preguntó él, interrumpiendo sus cavilaciones.
            -¿Qué? –preguntó a su vez, sobresaltada.
            -Estás pensando en algo, y yo diría que importante. Tienes esa expresión que pones cuando tienes algo en la cabeza.
            -¿Expresión? Yo no…
            -La tienes –interrumpió él-. Y es encantadora.
            Se inclinó y depositó un beso corto y simple en los labios de ella, que dejó tras de sí un silencio casi absoluto.
            -¡Cassandra! Ayer pasó algo… -la voz de Alice seguida de un portazo les devolvió a ambos a la realidad de golpe, y las caras de todos ellos eran indescifrables mientras se observaban unos a otros sorprendidos-. ¡Lo siento! ¡Debería haber llamado antes de entrar! No quería interrumpir –añadió con sonrisa pícara.
            -No… -comenzó Cassandra, hasta que se dio cuenta de que seguía sentada en el regazo de Domenico, momento en el que saltó como un muelle y se alejó unos pasos de él en dirección a Alice.
            -Tranquila, puedo volver luego, ya veo que no soy la única con cosas que contar –la sonrisa pícara persistía en su rostro.
            -¿Y tú que tienes que contar? –intervino Domenico sacando su lado de hermano protector.
            -Nada de nada –negó sonriendo y tirando hacia debajo de su vestido ligero blanco como si fuera una niña pequeña-. Al menos a ti.
            Domenico frunció el ceño.
            -Voy a ir a la cocina a por café y bollos de chocolate, cuando termines ven a mi cuarto –le dijo a Cassandra-. Adiós hermanito –guiñó un ojo y salió por la puerta alegremente.
            El silencio se hizo con la habitación y ambos se quedaron mirando fijamente la puerta.
            -Quizá debería…
            -Vete ya, por favor –le cortó ella.
            -Está bien –contestó serio-, pero no te vas a librar de mí tan fácilmente.
            Cuando salió de la habitación y cerró la puerta detrás de él Cassandra soltó todo el aire de sus pulmones. Las cosas se estaban complicando demasiado y a ella nunca le habían gustado las complicaciones. Abrió el armario de par en par y sacó un conjunto de ropa interior, unos vaqueros cortos y una blusa verde lima para a continuación encerrarse en el baño y comenzar a arreglarse lentamente.

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            -¡Por fin! –exclamó Alice nada más ver a Cassandra abrir la puerta de su cuarto-. ¿Te ha entretenido mucho mi hermano? –preguntó pícaramente.
            -¡Alice! –la reprendió Cassandra-. Se ha marchado al poco de irte tú.
            -¿Qué? ¡¿Y por qué?! –exclamó-. No debería haber entrado así, estropeé el momento.
            -No estropeaste nada, no iba a pasar nada.
            -Ya, eso dices tú.
            Cassandra la fulminó con la mirada.
            -Bueno, vale… Pero si no ha pasado nada hoy acabará pasando pro…
            El móvil de Cassandra sonó en ese momento.
            -¿Diga? –contestó ella.
            -Cielo, soy yo –la voz de su madre le recordó la conversación con su hermano la noche anterior.
            -¿Qué demonios han hecho los chicos ahora? Ayer hablé con Lucas y me pidió que no me cabreara con ellos cuando hablara contigo. Y me recordó que me quieren –añadió con sorna.
            Alice la miró interrogantemente.
            -Mi madre –gesticuló ella con los labios.
            -Estos chicos… acabarán matándome a disgustos. ¿Te imaginas lo que han hecho ahora? No, no te lo imaginas, porque por lo visto a Tomás le pareció una gran idea colarse en la casa del vecino, que está de vacaciones, y utilizar su jardín como campo de fútbol. Y Lucas no podía ser menos, así que le siguió, y en un emocionante momento de locura rompieron varias macetas y adornos que había en las paredes de un balonazo. Pero, mira por donde no contaban con que la sobrina de los dueños había pasado a cuidar de los pájaros y oyó el alboroto cuando entró en la casa –paró un momento a tomar aire después de soltar todo de carrerilla-. Y para complicar más las cosas en su afán por escapar, he resultado acabar con un hijo con un esguince en el tobillo y otro con una muñeca fracturada.
            -Al menos su pequeña aventura les ha dejado secuelas –comentó cuando su madre paró de hablar.
            -¡Menos bromas! Tras mucho suplicar el vecino lo va a dejar todo en una chiquillada a condición de que le paguemos lo que han roto –suspiró-. Pero ya no sé qué hacer con estos chicos.
            -¿Qué tal un campamento de verano?
            -Lucas se niega rotundamente, ya sabes que siempre le ha costado despegarse, y Tomás pondría el grito en el cielo si le mandáramos solo a él, aunque es quien más se lo merece –añadió por lo bajo.
            -Algún castigo se os tiene que ocurrir.
            -Matarlos va a ser la única solución a este paso –emitió un susurro exasperado-. Cariño, tengo que colgar. Hablamos pronto, te quiero.
            Sin darle tiempo a decir nada más, oyó el corte de la llamada y retiró el teléfono de la oreja.
            -¿Qué ha pasado? Parecíais muy alteradas las dos –dijo Alice enseguida.
            -Mis hermanos se han metido en un buen lío esta vez. Han decidido añadir allanamiento de morada a su lista de malos actos de este año, y es muy posible que mi madre terminé asesinándolos.
            Ante la mirada incrédula de Alice, le contó todo lo que le había dicho su madre.
            -Oh, venga, no te cabrees tanto, seguro que no tenían intención de romper nada. Solo son niños inquietos y traviesos –sonrió dulcemente.
            -¿Vas a ser la abogada defensora de las causas perdidas? –preguntó Cassandra riéndose.
            -Muy graciosa. Toma –le tendió una taza de café que acababa de servir de un termo y un bollo redondo cubierto completamente de chocolate-. Los ha hecho mi abuela esta mañana temprano, y están demasiado ricos. El café todavía debe de estar caliente.
            -Gracias –lo tomó y dio un largo sorbo.
            -Entonces –comenzó Alice-, ¿qué hacía mi hermano en tu cuarto esta mañana con la misma ropa que llevaba ayer en la fiesta?
            Cassandra emitió un bufido exasperado.
            -Dame un respiro, de verdad que te contaré todo, detalle a detalle, pero déjame olvidarme de ello por un rato. Además, eres tú la que ha entrado como un huracán en mi cuarto está mañana con la intención de contarme qué pasó anoche en la fiesta desde que te perdí.
            -¡Cierto! –exclamó-. Pero tarde o temprano me dirás qué te ha pasado con mi hermano. Vamos a dar un paseo y te cuento.
            Ambas se levantaron ágilmente y salieron del cuarto, llevando en las manos una taza de café y un delicioso bollo de chocolate, mientras Alice parloteaba alegremente sobre sus idas y venidas durante la noche, preparando las cosas del buffet y la música, charlando con amigos suyos y conociendo a algunos invitados extra que habían acabado en la fiesta.
            -Espera, ¿qué? –saltó Cassandra en una parte del relato
            -¡Ay! Si le hubieras visto… -susurró risueña Alice-. De hecho, no sé cómo no le viste, todas las chicas andaban rondándole.
            -Eso tienes que contármelo bien.
            -Sí, sí. Vamos afuera y así te enseño mi parte favorita del jardín y hablamos tranquilamente.

            Cruzaron el salón y la cocina, y tras saludar rápidamente a los padres y abuelos de Alice, salieron afuera, donde un sol radiante comenzó a calentarles la piel.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Riesgos (+ varias cositas y una disculpa :$)

La vida se compone de riesgos. Riesgos pequeños, riesgos grandes, riesgos que podrían destrozarte, riesgos necesarios, riesgos estúpidos… Todos distintos pero aun así en su núcleo son lo mismo: riesgos.
Puedes saltar a mil metros de altura, dejando tu seguridad y tu vida a cargo de una cuerda cuya función es detener tu caída por la simple razón de querer sentir la adrenalina en tus venas. Puedes apostarlo todo, tu última moneda, tu casa, tu vida misma, puedes dejar todo ello en manos del azar y arriesgarte a perderlo por tu propia y estúpida ambición, tu necesidad de poder, de pertenencia, de abarcar más y más. Puedes embarcarte en algo emocionante, nuevo, un proyecto, una idea esperanzadora, existiendo la posibilidad de resultar en un desastre. Y puedes cometer uno de los mayores riesgos que hay: entregar tu corazón. Oh, eso sí que es peligroso, siempre lo ha sido. Tu corazón puede ser pateado, pisoteado, dejado de lado, escurrido hasta exprimirle todo sentimiento de felicidad. Pero es que el riesgo implica eso. Las cosas pueden salir bien, o pueden salir mal, ese es todo el trasfondo de un riesgo, saber que puedes llegar a la felicidad o a la amargura, o no arriesgar y permanecer en la neutralidad. Pero eso también puede llevarte a la amargura, o no. Ese es el verdadero peligro del riesgo, no puede saberse cómo afectará a tu vida.  Entregar hasta el último resquicio de tu alma y tu corazón a alguien no es más que darle la oportunidad de destruirte. Pero también la de no hacerlo. Y la cosa es, que nos matarán por dentro una y otra vez, lo harán, de eso no cabe la menor duda. Porque arriesgarse y fallar cien veces es lo que da la oportunidad a la 101, de aparecer, de terminar en la desembocadura correcta, de recomponer lo que creíamos roto. Y el tiempo también cura las consecuencias de los riesgos, cicatriza las heridas y las cubre hasta que no son más que una línea rosada marcada en ti. Porque tenemos que tener la fuerza para recuperarnos de los desenlaces de nuestras decisiones.

Y es que la vida se compone de riesgos, porque si no, ¿qué emoción tendría despertarse y disfrutar de un día más?

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¡Buenas! Después de tropecientosmil días sin subir nada interesante, aquí traigo algo. Vale, se que no ha sido nada demasiado interesante, ni memorable, ni nada de nada. Y no me voy a poner a decir excusas de por qué no he subido un capítulo de Besos de Rubí como (más o menos) prometí. Soy un desastre cumpliendo promesas en lo referente a plazos, subir cosas al blog y similares. El próximo capítulo de BR está casi escrito, lo prometo, pero tengo dificultades para seguirlo y me voy quedando sin ideas, por eso me cuesta tantísimo seguir escribiendo, porque si por mi fuera los capítulos podrían hacerse bastante cortos, pero NO quiero hacer eso, así que tengo que currármelos y quitarme de encima la vagueza que al final va a acabar comiéndome viva. 
Así que, lo siento, lo siento, lo siento por no subir capítulo. Peeeeeeeeeeero, se me acaba de ocurrir según escribía esto xD puedo subir un trocito, para que al menos veáis algo de lo que está escrito. Nada demasiado largo, solo un pequeño avance no demasiado revelador de un trocito del capítulo :3 Pues nada, entonces lo dejo aquí ;)

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-Buenos días, preciosa –Domenico decidió que tenía que intervenir y ese era un momento igual de bueno como cualquier otro.
            Notó la sorpresa en el rostro de Cassandra cuando abrió los ojos y se giró hacia él, seguido de un leve alivio por el hecho de reconocerle, pero que volvió a dar pasó a una mezcla entre sorpresa y terror.
            -¿Domenico? ¿Qué haces en… -miró a su alrededor para cerciorarse de que no era ella la que se había colado en el cuarto de él en la enajenación de la noche y el alcohol- mi cuarto? Mi cama, para ser más específicos. Tú y yo…
            Él se rio durante unos segundos, pero paró cuando vio que a Cassandra todo aquello no le hacía ninguna gracia.
            -Ey –dijo suavemente.
            Se acercó a ella, tendiendo una mano y agarrando unas de las suyas. Cassandra pareció consentir eso y guardó silencio.
            -Tranquila. Te estaba esperando aquí para hablar cuando casi todo el mundo se había ido. ¿Recuerdas? –preguntó cauteloso.
            Ella lo miró fijamente unos instantes, su cerebro funcionando a toda velocidad, buscando entre los recuerdos de la noche para llegar al por qué Domenico y ella habían despertado en la misma cama. Domenico casi oyó como su cerebro hizo ‘clic’ cuando la expresión de ella se relajó notablemente.
            -Bien –susurró desplomándose de nuevo sobre el colchón.
            Domenico continuó observándola pero no dijo nada, se limitó a permanecer sentado, pensativo.
            -¿Tan terrible hubiera sido que hubiera pasado algo entre nosotros? –dijo de repente en tono ofendido-. O sea, no soy tan horrible, ¿no? Parece que te hubieras librado de la peor cosa que pudiera ocurrirte jamás.


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¡Y ya! Me siento cruel dejando precisamente este fragmento, pero así mantengo un poquito el misterio. Prometo que en estos días sigo escribiendo, que llevaba ya mucho sin abrir el documento y yo misma ya ni me acordaba de lo que había escrito. 
¡Saludos! No me odiéis mucho por traeros tan poquita cosa hoy.
Besos :3