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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Empiezan los exámenes

¡¡Muy buenas!! Bueno, pues ahora mismo estoy entrando al primer examen de recuperación. Me imagino que estaré nerviosa a más no poder y tratando de recordar que es necesario invertir una matriz para sacar su constante en un sistema (en serio, necesito acabar ya con esto, mi cerebro esta hecho de números y letras estos días y va a estallar xD).
El caso, que programo esta entrada porque parece que cuando menos tiempo tengo más necesidad siento de escribir, así que hace un par de días se me ocurrió un relatito, nada muy largo ni muy importante, solo algo para mantener el blog vivo. Así que deseadme mucha suerte y aquí os dejo lo que he escrito (que por cierto carece de título porque ninguno me terminaba de gustar, si se os ocurre alguno me encantaría que lo comentarais :D) Un saludo♥


Tú, extraño morador de mi interior, que te crees con derecho a retorcer mis entrañas. Tú, que te ves con derecho de ostentar el poder de controlar mi corazón. Tú, que estás convencido de que no habrá consecuencias por tus acciones egoístas. Tú, sí, tú, ese desconcertante ser que se deslizó por mis poros como un veneno.
¿Y realmente quién crees que eres para instalar una bomba en mi interior y llevarte el detonador contigo? ¿Por qué te crees con derecho de arrasarme desde dentro como si fuera de tu propiedad? ¿Cómo eres capaz de mostrar un egocentrismo así? Tan grande como el universo mismo.
Y estás muy equivocado al pensarte el Sol alrededor del cual giran los planetas. Yo no soy tu Venus particular, casi tan ardiente como Mercurio pero lo suficientemente lejana para verte en la necesidad de atraparme, no. Soy yo la que posee la atracción, la imperturbable que no se mueve de su lugar. Y si de centros hablamos eres tú el que gira alrededor, sin oportunidad de deshacerte de mi influjo. Eres la Tierra que necesita de mi calor para subsistir, pero absorbes mi energía apagándome poco a poco. Esa es nuestra triste realidad. Y cuando mi luz se apague, tú dejarás de existir, todo será cuestión de tiempo, y el tiempo nunca se detiene.
Y hasta entonces, sigues debilitándome desde dentro, tomando cada pedazo de mi ser para fortalecer el tuyo. Pero nunca olvides que los trozos disparejos nunca resultarán encajantes, nunca reconstruirás tu interior deshaciendo en pedazos el mío. No hay posibilidad de recuperación para ti, y te regocijas en mi destrucción, infame ser de negro corazón.
Pero llegará el día en que mis entrañas ahoguen tus carcajadas de satisfacción, llegará el día en el que esta fatal necesidad de ti deje de dirigir mis pensamientos, relegándote al rincón más oscuro y profundo de mi mente. Porque esta lucha interna que se libra en mi cuerpo tendrá un final, y la parte más sensata, la conoce la verdad sobre ti, prevalecerá en esa absurda guerra en la que le impuso a participar la parte más estúpida de mí, por muchas batallas que pierda, por mucha veces que el deleite quiera prevalecer ante mi sensatez.
Y es que soy solo una diminuta estrella en la inmensidad del universo, pero este Sol no necesita de esa Tierra, y mi interior no necesita de tus falsas promesas. Tan solo dejaré que robes fragmentos de mi ya maltratado y destrozado corazón, pero nunca te apropiarás de mi alma.
Porque será ella la que te aplaste cuando todo llegue a su fin.

miércoles, 19 de junio de 2013

Noches y despertares

¿Y qué pasaría si un día nos dejáramos llevar por el caos? ¿Qué si nuestras mentes entrópicas deciden ceder a la enajenación del alcohol? ¿Qué si nuestros cuerpos se enredan entre las sábanas, entre sí, hasta dejarnos sin aliento? ¿Y qué si a la mañana siguiente no recuerdo tu nombre? ¿Qué ocurriría si no recordaras tú el mío? Puede que al despertar nos demos cuenta que el fuego de la pasión consumió los recuerdos como si de hojarasca se tratara, que las palabras, las propias letras, se perdieron entre el vaivén de nuestros cuerpos. O simplemente que en aquel momento no pareciera tan importante el saber nuestros nombres, porque puede que realmente no lo fuera. Porque quizá fuera necesario perder la identidad durante una noche, y ser solo un cuerpo necesitado de otro.
Cuando la temperatura aumenta y el raciocinio se pierde, la fricción candente de los cuerpos aumenta, la sensación de unos labios recorriendo tu cuerpo, de arriba hasta abajo, es lo único que capta tu cerebro, la sinapsis se acelera, ese exquisito temblor recorre tu cuerpo. Sabes que el otro te desea con cada ínfima fibra de su cuerpo, al igual que quema el deseo en tus venas, al igual que morirías tú en ese instante por un placentero segundo de liberación.

Y es por la mañana, cuando las sábanas ya frías, pero aún rezumantes de un pegajoso pero a la vez delicioso olor a sexo, el olor del impulsivo acto que cometiste en una noche cualquiera, cuando te percatas de los matices. Cuando te percatas del cabello oscuro del desconocido que duerme placenteramente. De la forma de su cuerpo bien formado bajo tus tan preciadas sábanas de intenso color turquesa de las que te niegas a deshacerte por muchos años que pasen. Es el momento en el que su rostro calmado te hace preguntarte de qué color eran sus ojos.  Azul celeste, que emane la paz de las aguas en calma. Verde intenso, como la esperanza que crees haber perdido. Marrón chocolate, que te recuerde tu siempre persistente amor por el dulce. Negro, profundo, absorbente, como el fondo de un pozo tenebroso. O quizás ninguno de ellos, o quizás todos ellos, creando una vorágine indescriptible de colores que te deje tan impresionada que no puedas apartar la vista de ellos. Pero entonces te das cuenta que todo eso es una estupidez, que lo de anoche seguramente fue una tremenda estupidez. Y huyes en tu propia casa. Borrando las huellas de tu delito con agua ardiente y esperando que, al salir de allí, la naturaleza del hombre haya salido a la superficie y se haya marchado por donde había venido. Pero no, no es así. Lo que te espera al salir es el delicioso olor del café recién hecho y dos tazas rebosantes en la encimera de la cocina. Y unos ojos, mirándote directamente. Negros, negros como el anochecer, con una explosión de un sorprendente azul aguamarina en el centro y motas doradas como estrellas en los bordes. Y sabes que aquellos ojos pueden ser eso que tanto tiempo llevas buscando para aferrarte, o pueden ser el inicio de la más absoluta de las perdiciones.

domingo, 31 de octubre de 2010

Encantos de mujer

-Jack, no te vayas, podrías quedarte un rato más –dijo Amanda con su pícara y juguetona voz mientras su sonrisa se escondía entre las sábanas.

-Ojalá pudiera quedarme, de verdad. Pero no puedo. El deber me llama –contestó él haciendo una mala imitación de película.

Su risa se levanto en el aire como un agradable susurro de viento fresco. Ella respondió con otra contagiosa y dulce risa y lo atrajo hacia sí, quedando sus labios a escasos centímetros. Él la miraba fijamente con sus ojos azules y profundos, y poco a poco acortó la distancia hasta llegar a besarla tiernamente en sus finos y suaves labios del sabor del melocotón, enredando sus manos en su largo cabello liso y claro.

-Te amo –susurró ella con falsa inocencia entre sus labios.

La mirada de Jack se perdió en el gris de los ojos de Amanda, como un día nublado y el resplandor de las perlas grisáceas. La escena pareció detenerse durante unos bellos instantes de calidez, y los labios de ambos seguían unidos moviéndose como las hojas de otoño arrastradas por el viento.

-¡Me rindo! –exclamó él repentinamente al tiempo que se dejaba caer sobre la cama y escapaba de sus labios un bufido de resignación.

Ella lo enredó en las blancas sábanas, mientras lo besaba tiernamente, y juntos retomaron aquello que habían creído dar por finalizado algunas horas antes.

Amanda sonrió satisfecha mientras escrutaba los bajos de las sábanas con su grisácea mirada.

“Lo he conseguido” pensó con orgullo para sí misma. Aunque instantes después se dio cuenta de que no tenía tanta importancia. Lo cierto, es que ella siempre lo conseguía.