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Noticias + dos relatos
Anahí era esa princesa, la princesa de las contradicciones, paradojas e incoherencias. La que, en su solidaridad, no pensaba siempre en el prójimo; una princesa sin castillo ni corona, sin trono ni cetro, sin rey ni reina. Ejercía su cargo en el silencio de sus grises ojos y contaba una a una las estrellas cada noche para asegurarse de que ninguna la había abandonado. Porque si eso pasaba... la princesa de la noche y la luz, de los desamparados y los poseedores de fortunas, de las paradojas del mundo, decaería al embrujo del amor y moriría tras un instante de felicidad amarga, que se perdería para siempre en el olvido, arrastrando a la princesa a la oscura sonrisa de la maldad y la ignorancia.lunes, 12 de marzo de 2012
Verdades que duelen
viernes, 9 de septiembre de 2011
Como un juego de niños
Y en ese momento solo quise matarle, borrar de su rostro esa estúpida sonrisa de suficiencia que tanto me irritaba y que por mi boca salieran mil y un insultos y palabras ofensivas hasta hacerle llorar, ver sus ojos enrojecidos y reírme por ello, a carcajada limpia, sin reparos.
Pero en vez de eso agarré su rostro y le besé con toda la rabia que tenía contenida, caí de nuevo en el bucle de engaños y torturas que me perseguía desde hacía ya tanto tiempo. ¡Tonta de mí! Creí que podría escapar de ese juego sin sentido al que llevábamos años enganchados, un tira y afloja en el que ninguno de los dos podía rectificar un milímetro sin que el otro lo permitiese.
Comenzó como un juego de niños, en el que cada uno trataba de demostrar que era el más fuerte. Creo que caímos en una red de sufrimiento que nosotros mismos tejimos, creyendo que cualquier día, cuando el juego nos cansara, podíamos cortarla con unas tijeras, como si de un simple trozo de papel se tratase. Pero no podíamos estar más equivocados.
Y ahora, tras años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos de agonía y desesperanza, creí que podría salir de este círculo vicioso cuyo principio aún hoy no tengo muy claro. Pero no, la historia se repite, una vez más, y ojalá fuera la última. Nos disfrazamos de Romeo y Julieta ante la atenta mirada de la gente y continuamos con ese amor-odio que llevamos años profesándonos y que, cada día un poco más, nos consume la vitalidad al igual que se consumen los cigarrillos que día tras día se alojan en mis labios.
En el fondo, entre toda la mierda que se nos ha venido encima, a pesar de todo, creo que algún día nos amamos. Aunque puede que solo sea una ilusión, al fin y al cabo… este sigue siendo un juego de niños.
domingo, 27 de febrero de 2011
Dead in life
Se sentía sola, con una opresión en su pecho que la desgarraba lentamente, una especie de sentimiento creado especialmente para ella, para herirla causándole un dolor atroz, tanto, que habría preferido morir entre las fauces de una bestia o ahogada en el océano, antes que soportarlo un instante más. Pero se vio obligada a sufrirlo en silencio, acurrucada en un rincón de su cálida cama, el único lugar donde se sentía segura.
Llorar durante horas era lo único que parecía ayudarla a evadirse del dolor tan intenso y real que sufría cada día. Se sentía inútil entre tanta “perfección”. La auténtica perfección en su mundo era el amor que sentía, pero que no se atrevía a compartir por miedo a perderle.
El amor era ese sentimiento apasionado y bello en esos instantes en los que podías compartirlo con total felicidad, pero cuando el amor debes tragártelo… duele más que nada de lo que puedas encontrarte. Se dio cuenta de que lo amaba en el momento menos preciso, el menos afortunado y, también, el menos esperado. Lo único que deseaba era besarlo dulcemente, como si fuera un sueño, pero del que no despertaría jamás.
¿No despertar jamás? Se confesó a sí misma el pensamiento que la rondaba de quitarse la vida en un suspiro para dejar de suspirar por él, pero se dio cuenta de algo tan evidente que era estúpido por su parte ignorarlo: si lo hacía, si desaparecía para siempre en la muerte, se reprocharía a sí misma el no haber luchado, no haber esperado saber si las cosas podían haber sido. Tan solo siguió en pie por el amor que sentía. Todo era un desastre en su interior, en realidad, en todo. Estaba cambiando y sabía el motivo, el mismo por el cual lloraba cada noche sin poder evitarlo. Pero siempre uno puede sacar fuerzas y fingir.
Fingía delante de aquellos a los que quería, pero en la soledad se derrumbaba sin importarle nada, porque… ¿qué mas le podía importar ya?
Se miraba en el espejo y no se reconocía.
El tiempo pasaba, nada cambiaba. Agonía, desesperación… ¿qué más podía esperar? Y ¿cuánto debía esperar para aquello que no sabía que era?
Pero al final perdió. Se derrumbó, murió en el silencio. La tristeza despedazó su corazón. Sucumbió al final eterno, sin el beso de eterno amor. Murió para poder vivir, porque era más difícil estar muerta en vida.
martes, 26 de octubre de 2010
Ahogaba el amor en botellas vacías
-Bonita noche –comentó el señor del sombrero negro mientras descargaba su peso en la larga y negra barandilla de aquel olvidado pontezuelo, junto al desgarbado joven de la botella y la mirada perdida.
-Sí, podría decirse que lo es –respondió el otro con gran pesar en su voz.
-¿Mal día? –la curiosidad del tipo del sombrero lo empujó a preguntar.
-Mala vida –comentó sencillamente el otro sin ningún reparo, a pesar de no conocer de nada a aquel curioso.
-Mmm… lo lamento –trató de sonar sincero.
-No lo hagas, no sientas lástima por mí –contestó el joven aún sin haberse girado siquiera a ver el rostro de su curioso interlocutor.
Ambos callaron. El silencio era tal que podía oírse el susurro del escaso viento que aquella noche poco agitaba las copas de los árboles, que también parecían acompañar la melancolía del joven con su leve movimiento y las contadas hojas que quedaban en sus ramas.
-Es mejor así –dijo de repente el joven, más para sí que para su acompañante.
-¿Decía?
-Que es mejor así –repitió el joven.
-¿Así cómo? –insistió el hombre del sombrero sin comprender.
-Dejando todo, es más sencillo.
-¿Amor? –tanteó el hombre del sombrero sin todavía entender la melancolía del joven, ni el motivo de su desdicha.
El joven asintió penosamente, a la par que sacaba del bolsillo un cigarro.
-¿Problemas?
-Algo así.
-¿No es correspondido? –el hombre del sombrero insistía en conocer el motivo de la pena del chico.
-No…quiero decir…sí que lo soy.
-¿Y dónde está el problema? –el hombre del sombrero parecía desconcertado.
-Es demasiado difícil de explicar –a continuación giró, echó un rápido vistazo a su interlocutor y se alejo sin un simple “adiós” con las manos en los bolsillos del pantalón.
-¡Espere! –exclamó el hombre del sombrero-. ¿Cuál es su nombre?
-Daniel –susurró él sin fuerzas, sin tan siquiera esperar que el viento llevase las palabras hasta aquel extraño y curioso señor del sombrero negro, tras dar un largo trago a la botella que sostenía en la mano izquierda.

Daniel se alejó del maloliente lugar a las puertas de aquel pub de mala muerte que guardaba a las almas más melancólicas y olvidadas de toda la ciudad. Se alejó caminando sobre trozos de botellas de vidrio tiradas por desdichados como él, que sorbo tras sorbo se dejaban la conciencia y la felicidad. Dio un largo trago a su ya casi vacía botella de whisky y apuró las últimas gotas, desapareciendo en la oscuridad mientras un único pensamiento cruzaba su mente. Luego, como gran final de la noche, terminó ahogando su amor en aquella botella vacía de whisky pasado.
