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lunes, 1 de octubre de 2012

El club de los corazones muertos


Siempre supe que me tocaría perder en este loco vaivén de sentimientos en el que estábamos. Siempre supe que el corazón que se quebraría como una rama en una tarde de viento sería el mío. Simplemente, siempre supe que no eras para mí. Sentarse en un rincón abrazándose las piernas esperando a que la oscuridad se cebe contigo nunca fue la solución, siempre lo supiste, siempre lo dijiste. Las palabras se las lleva el viento, pero su recuerdo y el efecto que causan en otros permanece latente siempre, incluso cuando las creemos olvidadas. La desolación y desesperación son las peores drogas para los sentimientos, porque te arrastran, te niegan tu propia fuerza y te lleva con ellas, porque siempre fue y será más fácil dejarse llevar que levantarse y plantar batalla. Y todo eso lo aprendí a base de decepciones, de lágrimas derramadas y de palabras que no te dije muertas en mis labios por el miedo a perderte. Y te perdí, era de esperar. Tu sonrisa y tus chispeantes ojos azules cautivan a cualquiera que se demore más de un segundo en mirar tu rostro, la suave cascada de color indefinido que es tu cabello llama la atención con su hipnótico bamboleo y tu cuerpo… es pura perdición para cualquier hombre. Eres enamoradiza, alocada y sensual, cualquiera lo sabría. Amas con fuerza, con pasión arrolladora, pero tu corazón no fue hecho para tener dueño. Dejas una estela de corazones rotos a tu paso, corazones cuyos dueños recogen los pedazos y tratan de componerlos aprentándolos con fuerza, con los ojos cerrados, mientras lágrimas de impotencia resbalan por sus mejillas.
Pero, en el fondo, cada uno de nosotros lo sabía. Nadie puede mantenerte atada, nadie habría sido capaz de conservarte al mismo tiempo a ti y a tu dulce sonrisa. Los potros salvajes no pueden ser domados sin destruir su felicidad, pues el sabor de la libertad es el más fresco y dulce de todos e imposible de querer soltar una vez se ha probado.
Sabía lo que ocurriría, todos lo sabíamos. Fue la necesidad de tu presencia lo que abrasó nuestro corazón. Pero, después de todo, fue más bien culpa mía, culpa de todo el que se enamoró de ti, porque nunca se pactaron flores y corazones en ese extraño juego al que te gusta jugar, nunca se prometió un “para siempre”. Tú no te llevaste mi corazón, sino que él me abandonó por voluntad propia, queriendo seguirte hasta el fin del mundo, dejando tras de sí un cuerpo vacío y consumido por la desolación.
                ¡Qué ingenuo fui creyendo que yo sería ese “alguien” que conseguiría colmar tu corazón!, ¡que yo significaría el sencillo y lleno amor que degustarías con mayor placer que a esa libertad tuya! Pero, como era de esperar, no lo fui, ni nadie lo es. Y, mientras el tiempo pasa y los corazones que quedan a tus espaldas pretenden parecer sanados, este improvisado club formado por hombres que han perdido su corazón a tu causa va creciendo sin pausa, lento pero constante. Tú, la seducción en persona de la que nunca supimos ni sabremos nombre, vives del capricho y del placer, del amor fugaz y momentáneo. Cualquiera que prueba tus labios queda prendado de ti. Los sentimientos giran a tu alrededor, moviéndose a tu gusto, creando falsas ilusiones y esperanzas sin final feliz.
Siempre has sido y serás reina y soberana de los corazones y la lujuria, siempre conseguirás seducir con solo una mirada. Y si el infortunio se atreviera a enfrentarse a ti, haciéndote caer en las mismas redes de perdición de amor que dejas tejidas a tu paso, el amor perdería su razón de ser, el deseo decaería en simple vorágine de dolor, moriría el sentir. Y es que tú, bella, caprichosa e irresistible Afrodita de cualquiera de este desafortunado club, exhalas el sentimiento y la pasión en tus suspiros. Si tu libertad muere, mueres tú con ella, y maldito el que consiga semejante cometido. Maldito porque se perderá por su culpa el amor, pero también maldito por no ser él yo.


Buenas blogger@s!!!!
Vale, sé que está mal que la propia escritora lo diga, pero me encanta este texto. Aclaremos que no es mitológico, osea, menciono a Afrodita, pero como estandarte de belleza y de mujer sensual y todo eso, no como a la propia diosa ;P Lo empecé a escibir hace un par de días por la noche, y ayer ya estaba pero pensé mejor dejarlo para hoy, así dentro de un par de días subo capi y el blog tiene actividad ;D
Habréis visto el gadget nuevo que puse en la barra lateral (si no, pues ya os informo de que ahí está xD). Pues, como su nombre indica, es el rinconcito donde iré poniendo toda la información que creo que debáis saber: cómo avanza la historia, si tengo pensado subir algo, si estaré unos días ausente por lo de la uni y tal... Todo eso jaja
Pues poco más que decir, lo que tenéis que saber sobre BR ya está escrito en la barra lateral, así que esto es todo.
Un beso!!!!♥

jueves, 17 de mayo de 2012

Noticias + dos relatos

Hola Bloggeros!!! Sabéis qué??!!!! Sí!!! Ya he terminado las clases (excepto algún día suelto que tenga que ir, pero eso no cuenta ;) ) y estaría genial decir algo así como "y ahora puedo dedicarme todo el tiempo a pensar historias y blablabla" pero NO!!! tengo que estudiar muuuuuucho (todo el temario del curso xD) porque los días 11, 12 y 13 de Junio tengo que hacer los exámenes de PAEG (selectividad). Genial como veis eeh?? Así que nada, antes de desaparecer del mundo blogger hasta que termine definitivamente (que ganas de que llegue ese momento *.*), dejo por aquí un relatillo que escribí hace unos días (cuando debería de haber estado estudiando biología, por cierto jaja). Y nada, es un poco... no sé. A mí me parece ¿raro? Ni idea xD (Como molo, ni yo misma se definir mis relatos jajaja) Ah!!! Pero a falta de uno dos!! Porque ojeando entre los papeles mientras ordenaba los apuntes, no se como, pero me he encontrado con una cosilla que escribí ya hace algunos años y me ha entrado la nostalgia y la verdad que para ser de hace ya tiempo me parece bonita jajaja Pues nada, os dejo aquí todo (que hoy la entrada va a ser larguilla ;) ) y me gustaría que del segundo relato (el que me encontré entre los apuntes, sí jaja) hagáis una interpretación propia y lo escribáis en un comentario, que no tengo muy claro que es lo que quise expresar en ese momento, porque la verdad que seguro que es bien distinto de lo que me inspira ahora al leerlo. 
Un beso enorme y deseadme suerte con todo lo que tengo que estudiar!!!!!!!!!! >.<

El Frío

Los ojos de aquel extraño me siguen por las angostas calles, que están ya completamente vacías a estas horas, a excepción de aquel hombre y yo, por supuesto. La noche caía sobre las calles aplastante, tenebrosa. Pero no era la oscuridad, o las fantasiosas historias y leyendas sobre monstruos nocturnos que los aldeanos contaban, lo que me hacía temblar. Era El Frío, ese frío, ese que se calaba en mis huesos cada vez que tenía un mal presentimiento, cada vez que algo malo estaba por ocurrir. Era ese frío siniestro y sobrenatural el que hacía a mi mandíbula moverse descontroladamente.
El extraño aceleró el paso, así que lo mismo hice yo, esperando profundamente no tener que comenzar a correr, pues la pesada y abultada tela de mi vestido dificultaría sin duda mi huida. Odiaba esos vestidos tanto como los adoraba. Sabía que me veía muy bonita en ellos, que concordaban con mi rostro, mi cabello, mi figura, conmigo por entero. Pero eran tan pesados... tan molestos... que más de una vez deseé coger prestados unos pantalones de la alcoba de mi hermano. Mi hermano, mi querido Robert. La última vez que pude resguardarme entre sus cálidos brazos fue también la última que sentí  El Frío apoderándose de mí como ahora, con la misma intensidad. Y claro que algo malo ocurrió, la mayor de las desgracias: mi hermano murió, lejos de mí, sin que pudiera recordarle que lo quería más que a nadie en este mundo.
El Frío, ese maldito frío, comenzó aquella tarde, cuando estaba abrazada a él mientras me relataba una de las tantas historias que escribía. Porque Robert tenía un don para la escritura, pero tan solo yo en nuestra familia sabía apreciarlo. Madre llegó preparada para salir, me tomó del brazo, rodeando después mis hombros con una capa y me informó de que iríamos a la ciudad a encargar unos vestidos para el próximo enlace de mi hermana. Pero no se produjo tal enlace, y mis vestidos nuevos aguardaron apolillados en un viejo arcón esperando para cumplir un cometido que nunca tuvieron oportunidad de hacer. Fue en la tienda, cuando la costurera estaba tomando medidas de mi cintura, cuando El Frío me golpeó, apoderándose de mí rápida y dolorosamente, haciéndome estremecerme en la descolorida alfombra de la tienda, sacando incluso una lágrima de mis ojos. Algo malo había pasado, lo sabía, ¡yo lo sabía! Pero madre no me permitió salir de allí hasta que todas las medidas estuvieron tomadas, y todas las telas elegidas. 
Madre siempre fue tan dura, tan estricta, tan fría... que en algunas ocasiones deseé que El Frío se apoderara una última vez de mí, tan solo para anunciar su muerte. Y es que hay algo que jamás negaría que pienso: hubiera preferido millones de veces antes que fuera mi distante madre la que se hubiera marchado de mi lado, a que fuera mi cálido hermano quien se apartara de mi lado.
Aquel día, cuando la noche comenzaba a envolver el lugar con su manto moteado de estrellas, nos informaron de que el coche donde viajaban Robert y el prometido de mi hermana, había caído por un barranco de regreso a casa. Todos lloraron la trágica noticia, durante días y semanas. Pero siempre creí, y creeré, que nunca han existido lágrimas más falsas que las que derramaron mis familiares durante aquel tiempo. Yo no lloré, ni una lágrima escapó de mis ojos, porque era tal el dolor, el abatimiento, que mi mente se bloqueó por años, encerrada en sí misma durante lo que pareció una eternidad. No más viajes a la ciudad, no más eventos, no más sonrisas, no más yo. Mi madre volcó toda su atención en mi "dolida" hermana. En realidad nunca creí que amara a su prometido, y ni siquiera tenía buena relación con Robert. Mientras tanto, padre ahogó sus penas en caras botellas de licor y se mantuvo ajeno al mundo. Padre sí quería a Robert, o al menos eso es lo que pienso, no se si más por el hecho de ser su primogénito o por simplemente ser Robert, pero lo quería, y eso ya era un consuelo para mí. En cuanto a mí, todos decían preocuparse, todos trataban de hacerme reaccionar, pero nadie me abrazó, nadie besó mi mejilla o acarició mi pelo mientras decía que todo se solucionaría. No, nadie hizo eso, porque siempre fue Robert quien curó mis heridas, secó mis lágrimas y besó mi cabeza, pero él ya no estaba, ya nadie en aquella casa volvería a preocuparse por mí.
Pero eso solo lo comprendí años después, cuando la enajenación se escurrió de mí como una sábana de seda, y fue entonces cuando huí de aquel lugar de falso cariño y falsas sonrisas. Hace exactamente dos días, a medianoche, justo como ahora indica el reloj de la plaza, abandoné el lugar al que siempre llamé hogar. Y ahora el extraño se acerca a mí, y El Frío crece y, no se por qué, creo que ha llegado mi final, y eso no me asusta. Lentamente saco la navaja que Robert me regaló en mi último cumpleaños que pasé con él. Se que jamás seré capaz de vencer a ese hombre, no con mi poca fuerza y una navaja. No soy estúpida, se lo que hombres como ese hacen con chicas como yo, y me niego a tener ese destino. Lentamente aminoro la marcha y me paro en medio de la calle, frente al extraño, que tuerce su sonrisa en una mueca creyendo ver ante él una presa fácil. Y también veo su confusión, su desconcierto, un cierto horror en su mirada y como huye rápidamente cuando me ve hundir la cuchilla en mi estómago, profunda, llevándome irreversiblemente hacia una muerte segura.
Irónico, ¿no? Cinco largos años en silencio, en la oscuridad, para volver a abrir los ojos y encontrarme con la muerte de frente. Pero, ¿qué más da? Yo morí aquel día, con mi hermano. Al menos ahora podría reunirme con él en aquel cielo que todos prometen, ¿no? Al menos ahora no sería una extraña en su propio hogar, ni una joven sin refugio presa fácil de pervertidos y desalmados. Ahora solo sería yo, o no sería nadie, desaparecería en el olvido. No lo se, solo soy consciente de que las fuerzas me fallan, mis párpados caen pesados, y el rostro de Robert aparece antes mí cuando estoy por exhalar mi último aliento, mostrándome aquella sonrisa que yo tanto adoro. 
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Anahí

Anahí seguía siendo la princesa del silencio, de los que miran sin ver, de los que aman sin sentir, de los que cantan sin voz y ríen sin sonrisa, la princesa de los ricos desgraciados y de los pobres afortunados. Anahí continuaba escribiendo letras vacías sin ningún significado, dibujando mariposas blancas en folios blancos, cantando versos de amor mientras hundía el rostro en el agua y el silencio.
Anahí era esa princesa, la princesa de las contradicciones, paradojas e incoherencias. La que, en su solidaridad, no pensaba siempre en el prójimo; una princesa sin castillo ni corona, sin trono ni cetro, sin rey ni reina. Ejercía su cargo en el silencio de sus grises ojos y contaba una a una las estrellas cada noche para asegurarse de que ninguna la había abandonado. Porque si eso pasaba... la princesa de la noche y la luz, de los desamparados y los poseedores de fortunas, de las paradojas del mundo, decaería al embrujo del amor y moriría tras un instante de felicidad amarga, que se perdería para siempre en el olvido, arrastrando a la princesa a la oscura sonrisa de la maldad y la ignorancia.
Las luces de las estrellas no la alumbrarían en su penumbrosa condena, el canto de los pájaros no llegaría a sus oídos para alejar de ella la soledad, nada la rescataría de una falsa y tortuosa ensoñación que la aprisionaría hasta asfixiarla. No, eso no ocurriría, o al menos eso pensaba Anahí.
Si sus traumáticas suposiciones fueron o no ciertas nadie lo sabe ni lo sabrá, pues desapareció una noche en las estrellas y al día siguiente el sol no la quiso liberar.
Así pues, perdí a mi princesa de las maravillas, la siempre triste pero tan feliz Anahí,que vivía en un cerezo permanentemente en flor y cantaba a la luna para que le devolviera su reino, sus estrellas y su castillo de nube que veía con nostalgia sobre su cabeza.
Y así, el príncipe se quedó sin princesa.

martes, 14 de febrero de 2012

Un adiós por San Valentín

Y allí me encontraba yo, con una diminuta caja blanca en la mano acompañada de un colorido lirio naranja y un pequeño sobre que parecía gritar “¡ábreme!”, algo para lo cual mi mente no encontraba fuerzas. Maldito él y maldito día de los enamorados. Me dispuse a abrir la cajita con premura -en el fondo quería ver lo que tan cuidadosamente guardaba en su interior- pero durante unos minutos, que parecieron eternos, mi propio raciocinio me lo impedía. Así, tras sacar el valor del lugar más recóndito de mi cuerpo, o simplemente venciendo mi curiosidad a mi razón, levanté con cierto temor la pequeña tapa, mostrando bajo ella aquel brillante llavero de plata que representaba un corazón con nuestros nombres grabados, el mismo que semanas antes había estrellado contra la alfombra de su habitación junto con las llaves de su piso. Lo agarré entre mis dedos con delicadeza, era verdaderamente precioso, siempre lo había sido, pero no lo quería conmigo. Lo aparté a un lado en un vano intento de impedir que las lágrimas afloraran a mis ojos, y agarré el lirio con ambas manos, acercándolo poco a poco a mi cara, aspirando entonces su dulce aroma. Siempre adoré esa curiosa flor, pues su suave fragancia de azahar me llevaba a recordar los felices días de mi infancia en la finca de mis abuelos, rodeada permanentemente de lirios de la mañana como aquel. Por último, con manos temblorosas deslicé el dedo índice por la apertura del sobre, tratando de posponer durante unos instantes el momento en el que leería las palabras que allí estaban plasmadas. Cuando mis dedos ya rozaban el fino papel de la carta, el irritante pitido del timbre me hizo dar un respingo, levantándome, casi involuntariamente, de mi mullida cama. Me acerqué a la puerta y observé a través de la mirilla, aún ya sabiendo de quien podía tratarse. Y entonces me desplomé, dejé mi cuerpo deslizarse hasta el suelo sin tan siquiera evitar el ruido que delataba mi presencia.

-Rosse. Por favor, abre la puerta –la suave y amable voz de Daniel inundó mis oídos como si fuera el más bello sonido y también el más anhelado por mi cuerpo, que instantáneamente liberó la tensión acumulada durante semanas-. Por favor, sé que estás ahí, solo abre la puerta, o habla conmigo al menos –su melodiosa voz denotaba tristeza mientras me imploraba.


-No. Vete Daniel, por favor. Vete –mi débil voz suplicaba algo que en fondo no deseaba, pero las cosas debían ser así, lo sabía, y no podía cambiar de opinión.

-Esperare día y noche si es necesario. Algún día saldrás, aunque me lleve semanas conseguir hablar contigo –su voz firme y decidida no hacía sino resquebrajar aún más mi corazón, pulverizando los diminutos fragmentos en los que ya de por sí se había roto.

Un suave roce al otro lado de la puerta me hizo suponer que había tomado la misma postura que yo, apoyada contra la puerta. Debía marcharse de allí, tenía que ser así, pero no lograba averiguar cómo conseguir mi objetivo. Los sollozos se hicieron paso a través de mi garganta y, de nuevo, él.

-Rosse, por favor. Necesito una explicación. Abre la puerta. Prometo que después me iré –la angustia y desolación que destilaban sus palabras formó un nudo en mi pecho-. Déjame verte una vez más, por favor. Lo necesito.

Los minutos pasaron mientras nuestras respiraciones se acompasaban y sus últimas palabras se quedaron flotando en el aire. Aquello tenía que acabar, no podía vivir pegada a una puerta, con las lágrimas humedeciendo permanentemente mis ojos y sintiendo su corazón a tan solo unos centímetros de mí, separada de él por algo tan simple como una puerta. La razón se impuso a mi corazón, haciéndolo callar con algo parecido a la amenaza por un nuevo dolor. Abrí la puerta sin vacilar, haciendo caer a Daniel de espaldas, para que después me observase con sus profundos ojos.

-Rosse…

-¿Querías una explicación? La tendrás –solté casi cerrando los ojos. Y de repente recurrí a mi mente, buscando la historia más dañina y rastrera que pudiera encontrar para romper su corazón por completo y que se despojase de todo sentimiento hacia mí, pero mi imaginación y mi corazón no quisieron cooperar, por lo que tan solo… -ya no te quiero. Ahora vete y olvídate de mí, para siempre.

Empujé la puerta para cerrarla, pero su pie me lo impidió. Su mirada rota y amarga acabaría por destruirme por completo si no conseguía cerrar aquella puerta. Y de repente, y en apenas un instante, agarraba mi rostro con una mano y mi cintura con la otra mientras me besaba lentamente, como solo él sabía, pero esta vez con un sabor a despedida, un sabor en el que ya no había esperanza, solo dolor. Se alejó de mí con pesar y se fue por dónde había venido, dándome la oportunidad de cerrar esa puerta que pondría fin a nuestro amor, y que si cerraba, jamás volvería a abrir para él. Regresé a la cama y me dejé caer, y también morir, lo mismo daba, aún así el tiempo estaba en mi contra y la temida dama fría podría llevarme con ella pronto como de hecho lo hizo, sin dejarme tiempo a leer aquella nota que esperaba paciente junto a mí, en cuyo interior reposaba un austero pero magnífico “te quiero” que luchaba por ser leído por mí.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Con un beso

Todas las historias bonitas comienzan con un “Erase una vez…”, o el, también típico, “Hace mucho tiempo, en un lujar muy lejano…”. Por seguir la tradición no estaría mal comenzar así, con algo sencillo y popular, pero como antes he dicho, así suelen empezar las historias bonitas, por lo que esta… será de otro modo. Comenzará con una calle abarrotada, sin tiempos lejanos ni lugares extraordinarios, solo una calle, de un barrio, de cualquier ciudad. Al fin y al cabo, cualquier lugar es bueno, o malo, para que se desarrolle una historia. Pero, y solo por situar a los personajes, será una calle, como ya he dicho, abarrotada, repleta de tiendas, con la nieve acumulándose en las aceras y los tejados de los edificios cubiertos por un manto blanco. Puede que haya unos cuantos niños en brazos de sus padres, llorando y pataleando por no conseguir el juguete que tanto anhelan, o por simple cansancio. También es posible que haya algunas mujeres mayores, casi siempre en pequeños grupos de tres o cuatro, observando con descaro a la gente pasar y comentando con suspicacia las vestimentas y acciones de los demás. Quizá unas cuantas adolescentes se diviertan y alboroten con risas nerviosas mientras saben que otro grupo de chicos las observa con cierto deje chulesco. Sí, todas esas personas encajarían en una calle así, todos abrigados hasta las orejas por el tenaz frío que se cala hasta los huesos, todos ajenos a lo que sienten y guardan por dentro aquellos con los que se cruzan por la calle, y, también todos, críticos ante lo que aparentan los viandantes.

Ahora, podemos centrarnos algo más en ese entorno, una cafetería, por ejemplo, donde hombres y mujeres de todas las edades charlan al calor del café, o chocolate, que se desliza por sus gargantas, mientras lo acompañan con algún dulce que engañe el hambre hasta la hora de la cena. Una chica sentada sola, agarrando entre sus manos una taza, un café vienés, su favorito, mientras da pequeños sorbos, absorta en sus pensamientos. No falta el chico que se acerque a decir algo como: “Una cara tan bonita no debería estar tan seria”, y espera con una sonrisa a que ella ría ante su desparpajo, pero cuando esto no ocurre se queda parado, tenso, sintiéndose incómodo y un tanto estúpido. Entonces ella, por mera cortesía, le regala una sonrisa no muy alegre y se disculpa con timidez tras dar el último sorbo a su café, entonces se levanta, deja el dinero en la mesa y se despide del chico con un gesto, y con una sonrisa del camarero que la atendió. Según abre la puerta de la cafetería el gélido viento la golpea en la cara sin compasión, recordando que es invierno y así será por algún tiempo más. Entonces ella camina por la acera, encogida en su abrigo y cubierta por camisetas, jerséis y chaquetas, sintiéndose en cierto modo, como una cebolla con sus tantas capas, y entonces ríe ante ese pensamiento, aunque de una forma más bien amarga. Saca su mp3 del bolsillo y se coloca los auriculares, busca entre las tantas canciones que guarda en el pequeño aparato y elige por fin una acorde a su estado de ánimo. Llevan tiempo aconsejándole que tire ese viejo trasto y se compre algo más moderno, pero, mientras funcione no tiene porque comprar otra cosa, o al menos eso piensa ella. Esta chica, durante mucho tiempo se dejó llevar por lo que esperaban los demás de ella, y las apariencias, como para muchos otros, lo eran todo. Pero entonces algo cambia, y con ello también se modifica su manera de pensar. Pudo ser una discusión, un accidente, una pérdida… o un beso. Sí, probablemente fue un beso, y todo lo que este conlleva.

Un chico que se acercaba a ella, y que llevaba observándola semanas sin que nadie lo supiera, que dijo ver más allá de la superficie y saber que ella no era como todos creen, incluida ella misma. Le arranca una sonrisa - la primera de muchas- con aquella ocurrencia y ella acepta que vayan a tomar algo. Después de algunas horas de risas, historias y conversaciones sin importancia se despiden en la puerta de la cafetería con unas sonrisas que son incapaces de disimular. Cada uno emprende el camino en dirección a su casa. Ella va absorta en sus pensamientos cuando alguien le toca el hombro, entonces se gira repentinamente y ahí está el de nuevo, pidiéndole su número de teléfono, porque le gustaría quedar con ella alguna vez más. Y con una sonrisa ella escribe el número en la mano del chico y le besa en la mejilla ruborizándose ligeramente.

El recuerdo de aquel día seguramente se cuele entre sus pensamientos por mucho que intente evitarlo, y le traerá sensaciones agradables que desearía volver a sentir, pero… hay más. Tras muchas llamadas, salidas al cine y a tomar algo, más risas y más historias, algo más ocurre entre ellos. El uno piensa que es maravillosa, la otra que es el amor de su vida, y ambos callan por vergüenza o miedo, ni si quiera ellos lo saben. Pero, como parecía tener que ser, las circunstancias hacen que todo se descubra y que comiencen a salir, lo que parece lo mejor y probablemente lo sea. Más llamadas, cine, cenas, risas y un largo etcétera de situaciones divertidas, románticas, o simplemente agradables, transcurren en la vida de ambos llenándola de alegría y amor. Entonces, una casualidad lo destruye todo, sí, una mera casualidad, de esas que, tras haberlas sufrido, piensas: “¿y si hubiese llegado cinco minutos más tarde?”. Ella con una sonrisa imborrable en el rostro, llegando a su acogedor piso después de la universidad una hora antes de lo previsto. Abre la puerta de la entrada y se dirige a la habitación dispuesta a ponerse el vestido más ligero que encuentre para soportar el terrible calor veraniego. En el pasillo oye un ruido, de cremallera, y sonríe pensando que él ha llegado también antes de lo previsto de trabajar, entra en la habitación y allí está, con unas bermudas a cuadros y una camiseta blanca, arrastrando con esfuerzo una enorme maleta. Y entonces algo se rompe. Él quiso irse sin hacer ruido, con una nota de despedida encima de la cama y sin un último beso, pensando que sería más fácil para ella. Ella mira sin comprender, se acerca a él con el terror en la mirada, pero sin mediar palabra, intenta coger la nota de encima de la cama, pero él se lo impide. Susurra un “lo siento” y la besa en la frente como toda despedida, y después se marcha. Ella llora, espera a oír cerrarse la puerta del piso y coge la nota lentamente, abriéndola después con las manos temblorosas. La lee y la rompe en dos, se tumba en la cama y solloza, pensando que nunca más volverá a creer en nadie.

Y volvemos al ahora, la chica sigue caminando entre la gente, siendo una más entre la multitud, pasando desapercibida como todos. Y mientras avanza rápidamente por la acera mirando hacia el suelo, choca contra algo o alguien. Levanta la mirada y, como es de esperar, está él, esto debía pasar algún día. Sonríe nerviosamente y después esa sonrisa se borra de su cara, él parece pedir perdón con la mirada y de sus labios no sale ni un austero saludo. Entonces ella le besa en la mejilla, como aquel primer día, y susurra en su oído: “tan solo espero que te enamores de alguien tanto como lo hice yo de ti”, y después sigue su camino, no quiere nada más de él. Y esas últimas palabras que parecen amables a ojos del chico, están cargadas de un significado no tan agradable, pues en los labios de ella se quedó dormida la última parte de la frase: “… y que te rompan el corazón de la misma manera”. Es muy probable que cuando llegue a casa las lágrimas se apoderen unos minutos de ella, porque todo había terminado, del todo, con un beso, tal y como empezó.

Bueno, pues este es una pequeña historia rescatada de algún lado jaja Me daba cosa dejar el blog tan abandonado y como ya no me quedan exámenes que hacer hasta pasadas las navidades (o al menos de momento es así) pues me he propuesto ocupar un poco de mi tiempo en volver a escribir (o por lo menos corregir historias antiguas). De momento la inspiración no parece estar demasiado de mi parte, pero todo llega jaja Pues nada, un beso enorme y espero que haya sido al menos interesante leer lo que he subido hoy. Que tengáis unas fantásticas navidades =)

domingo, 27 de febrero de 2011

Dead in life

Se sentía sola, con una opresión en su pecho que la desgarraba lentamente, una especie de sentimiento creado especialmente para ella, para herirla causándole un dolor atroz, tanto, que habría preferido morir entre las fauces de una bestia o ahogada en el océano, antes que soportarlo un instante más. Pero se vio obligada a sufrirlo en silencio, acurrucada en un rincón de su cálida cama, el único lugar donde se sentía segura.

Llorar durante horas era lo único que parecía ayudarla a evadirse del dolor tan intenso y real que sufría cada día. Se sentía inútil entre tanta “perfección”. La auténtica perfección en su mundo era el amor que sentía, pero que no se atrevía a compartir por miedo a perderle.

El amor era ese sentimiento apasionado y bello en esos instantes en los que podías compartirlo con total felicidad, pero cuando el amor debes tragártelo… duele más que nada de lo que puedas encontrarte. Se dio cuenta de que lo amaba en el momento menos preciso, el menos afortunado y, también, el menos esperado. Lo único que deseaba era besarlo dulcemente, como si fuera un sueño, pero del que no despertaría jamás.

¿No despertar jamás? Se confesó a sí misma el pensamiento que la rondaba de quitarse la vida en un suspiro para dejar de suspirar por él, pero se dio cuenta de algo tan evidente que era estúpido por su parte ignorarlo: si lo hacía, si desaparecía para siempre en la muerte, se reprocharía a sí misma el no haber luchado, no haber esperado saber si las cosas podían haber sido. Tan solo siguió en pie por el amor que sentía. Todo era un desastre en su interior, en realidad, en todo. Estaba cambiando y sabía el motivo, el mismo por el cual lloraba cada noche sin poder evitarlo. Pero siempre uno puede sacar fuerzas y fingir.

Fingía delante de aquellos a los que quería, pero en la soledad se derrumbaba sin importarle nada, porque… ¿qué mas le podía importar ya?

Se miraba en el espejo y no se reconocía.

El tiempo pasaba, nada cambiaba. Agonía, desesperación… ¿qué más podía esperar? Y ¿cuánto debía esperar para aquello que no sabía que era?

Pero al final perdió. Se derrumbó, murió en el silencio. La tristeza despedazó su corazón. Sucumbió al final eterno, sin el beso de eterno amor. Murió para poder vivir, porque era más difícil estar muerta en vida.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Lágrimas de cristal

Con el alma encogida y vulnerable, el rocío de sus ojos tenía mil colores diferentes, mezclados entre sí formando el collage de su débil mente.

Cada amanecer las lágrimas discurrían por sus ojos, como pequeñas gotas de colores. Tumbada de lado sobre la helada hierba matinal, los primeros rayos del sol eran los únicos testigos de su desgracia.

Escondía la cara durante la noche para que la luna no fuera compañera de su tristeza, y al amanecer entregaba al sol los pequeños cristales helados que eran sus lágrimas, para que éste grabara con su calidez los recuerdos de tanto tiempo pasado y disuelto en imágenes borrosas.

Simplemente, la muchacha guardaba los recuerdos en lágrimas de cristal.

domingo, 24 de octubre de 2010

Violeta


El paisaje. Aquel paisaje primaveral que me llevaba a recordar cuál era el motivo de aquello. Quería volver a sentir. Algo que durante meses, o quizá fueran años, no sé, no fui capaz de intentar. Me mantuve en una burbuja opaca, grisácea y de materia fría y áspera, que no dejaba paso a los sentidos. En nada se parecía al tacto suave y cálido que desprendió una vez aquel cuyos besos se quedaron muertos en mis labios, aquel que se llevó los míos bajo el manto de flores que tantas veces nos sirvieron de sábana primaveral en la infancia, de refugio de ensueño que daba rienda suelta a la imaginación de nuestra loca adolescencia y de lecho que daba cobijo a la pasión de nuestra madurez.

Se marchitaron por su ausencia, murieron de pena ante mi sufrimiento aquellas flores que un día tuvieron en sus hojas más de mil colores. Aquellas que marcharon con él y añadieron un motivo a mi desdicha.

¿Alguna vez llegó a pensar que podrían marchitar? ¿Acaso alguna vez lo hizo? Pues yo no. Ellas nos vieron crecer, reír y llorar; jugar saltar y cantar; confiar y perdonar y, sobretodo, amarnos.

Se alimentaban de nuestra alegría y supieron transformar las lágrimas en sustento para provocar una sonrisa en nuestros rostros con sus vívidos colores.

Y tras desaparecer ellas… ¿qué? no quedó nada más allí. Nada para mí.

¿Y ahora? Ahora regreso a rememorar los tiernos momentos, las caricias, a camuflar unos instantes mi melancolía y buscar algo de él en las nubes.

Y vagando por los recuerdos un sendero de lágrimas secas me lleva a un lugar conocido, pero tiempo atrás olvidado. Y con esa desconocida facilidad, encuentro, tras mucho tiempo un solo motivo para arrancar una sonrisa a mis muertos labios. Y recuerdo aquella frase tan especial que siempre me susurraba al oído: “Por cada una de tus lágrimas derramadas aquí –y señalaba el manto de flores con el índice mientras rodeaba mis hombros con el otro brazo- nace una flor violeta para templar tu amargura, una flor violeta como el color de tus ojos.” Y entonces sonrío, y entre tanto campo marchito crece una diminuta flor violeta, sí, como mis ojos, que funde mi corazón con la tierra, y me acerca un poco más a él durante unos cálidos instantes.