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lunes, 1 de octubre de 2012
El club de los corazones muertos
jueves, 17 de mayo de 2012
Noticias + dos relatos
Anahí era esa princesa, la princesa de las contradicciones, paradojas e incoherencias. La que, en su solidaridad, no pensaba siempre en el prójimo; una princesa sin castillo ni corona, sin trono ni cetro, sin rey ni reina. Ejercía su cargo en el silencio de sus grises ojos y contaba una a una las estrellas cada noche para asegurarse de que ninguna la había abandonado. Porque si eso pasaba... la princesa de la noche y la luz, de los desamparados y los poseedores de fortunas, de las paradojas del mundo, decaería al embrujo del amor y moriría tras un instante de felicidad amarga, que se perdería para siempre en el olvido, arrastrando a la princesa a la oscura sonrisa de la maldad y la ignorancia.martes, 14 de febrero de 2012
Un adiós por San Valentín
Y allí me encontraba yo, con una diminuta caja blanca en la mano acompañada de un colorido lirio naranja y un pequeño sobre que parecía gritar “¡ábreme!”, algo para lo cual mi mente no encontraba fuerzas. Maldito él y maldito día de los enamorados. Me dispuse a abrir la cajita con premura -en el fondo quería ver lo que tan cuidadosamente guardaba en su interior- pero durante unos minutos, que parecieron eternos, mi propio raciocinio me lo impedía. Así, tras sacar el valor del lugar más recóndito de mi cuerpo, o simplemente venciendo mi curiosidad a mi razón, levanté con cierto temor la pequeña tapa, mostrando bajo ella aquel brillante llavero de plata que representaba un corazón con nuestros nombres grabados, el mismo que semanas antes había estrellado contra la alfombra de su habitación junto con las llaves de su piso. Lo agarré entre mis dedos con delicadeza, era verdaderamente precioso, siempre lo había sido, pero no lo quería conmigo. Lo aparté a un lado en un vano intento de impedir que las lágrimas afloraran a mis ojos, y agarré el lirio con ambas manos, acercándolo poco a poco a mi cara, aspirando entonces su dulce aroma. Siempre adoré esa curiosa flor, pues su suave fragancia de azahar me llevaba a recordar los felices días de mi infancia en la finca de mis abuelos, rodeada permanentemente de lirios de la mañana como aquel. Por último, con manos temblorosas deslicé el dedo índice por la apertura del sobre, tratando de posponer durante unos instantes el momento en el que leería las palabras que allí estaban plasmadas. Cuando mis dedos ya rozaban el fino papel de la carta, el irritante pitido del timbre me hizo dar un respingo, levantándome, casi involuntariamente, de mi mullida cama. Me acerqué a la puerta y observé a través de la mirilla, aún ya sabiendo de quien podía tratarse. Y entonces me desplomé, dejé mi cuerpo deslizarse hasta el suelo sin tan siquiera evitar el ruido que delataba mi presencia.
-Rosse. Por favor, abre la puerta –la suave y amable voz de Daniel inundó mis oídos como si fuera el más bello sonido y también el más anhelado por mi cuerpo, que instantáneamente liberó la tensión acumulada durante semanas-. Por favor, sé que estás ahí, solo abre la puerta, o habla conmigo al menos –su melodiosa voz denotaba tristeza mientras me imploraba.

-No. Vete Daniel, por favor. Vete –mi débil voz suplicaba algo que en fondo no deseaba, pero las cosas debían ser así, lo sabía, y no podía cambiar de opinión.
-Esperare día y noche si es necesario. Algún día saldrás, aunque me lleve semanas conseguir hablar contigo –su voz firme y decidida no hacía sino resquebrajar aún más mi corazón, pulverizando los diminutos fragmentos en los que ya de por sí se había roto.
Un suave roce al otro lado de la puerta me hizo suponer que había tomado la misma postura que yo, apoyada contra la puerta. Debía marcharse de allí, tenía que ser así, pero no lograba averiguar cómo conseguir mi objetivo. Los sollozos se hicieron paso a través de mi garganta y, de nuevo, él.
-Rosse, por favor. Necesito una explicación. Abre la puerta. Prometo que después me iré –la angustia y desolación que destilaban sus palabras formó un nudo en mi pecho-. Déjame verte una vez más, por favor. Lo necesito.
Los minutos pasaron mientras nuestras respiraciones se acompasaban y sus últimas palabras se quedaron flotando en el aire. Aquello tenía que acabar, no podía vivir pegada a una puerta, con las lágrimas humedeciendo permanentemente mis ojos y sintiendo su corazón a tan solo unos centímetros de mí, separada de él por algo tan simple como una puerta. La razón se impuso a mi corazón, haciéndolo callar con algo parecido a la amenaza por un nuevo dolor. Abrí la puerta sin vacilar, haciendo caer a Daniel de espaldas, para que después me observase con sus profundos ojos.
-Rosse…
-¿Querías una explicación? La tendrás –solté casi cerrando los ojos. Y de repente recurrí a mi mente, buscando la historia más dañina y rastrera que pudiera encontrar para romper su corazón por completo y que se despojase de todo sentimiento hacia mí, pero mi imaginación y mi corazón no quisieron cooperar, por lo que tan solo… -ya no te quiero. Ahora vete y olvídate de mí, para siempre.
Empujé la puerta para cerrarla, pero su pie me lo impidió. Su mirada rota y amarga acabaría por destruirme por completo si no conseguía cerrar aquella puerta. Y de repente, y en apenas un instante, agarraba mi rostro con una mano y mi cintura con la otra mientras me besaba lentamente, como solo él sabía, pero esta vez con un sabor a despedida, un sabor en el que ya no había esperanza, solo dolor. Se alejó de mí con pesar y se fue por dónde había venido, dándome la oportunidad de cerrar esa puerta que pondría fin a nuestro amor, y que si cerraba, jamás volvería a abrir para él. Regresé a la cama y me dejé caer, y también morir, lo mismo daba, aún así el tiempo estaba en mi contra y la temida dama fría podría llevarme con ella pronto como de hecho lo hizo, sin dejarme tiempo a leer aquella nota que esperaba paciente junto a mí, en cuyo interior reposaba un austero pero magnífico “te quiero” que luchaba por ser leído por mí.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Con un beso
Todas las historias bonitas comienzan con un “Erase una vez…”, o el, también típico, “Hace mucho tiempo, en un lujar muy lejano…”. Por seguir la tradición no estaría mal comenzar así, con algo sencillo y popular, pero como antes he dicho, así suelen empezar las historias bonitas, por lo que esta… será de otro modo. Comenzará con una calle abarrotada, sin tiempos lejanos ni lugares extraordinarios, solo una calle, de un barrio, de cualquier ciudad. Al fin y al cabo, cualquier lugar es bueno, o malo, para que se desarrolle una historia. Pero, y solo por situar a los personajes, será una calle, como ya he dicho, abarrotada, repleta de tiendas, con la nieve acumulándose en las aceras y los tejados de los edificios cubiertos por un manto blanco. Puede que haya unos cuantos niños en brazos de sus padres, llorando y pataleando por no conseguir el juguete que tanto anhelan, o por simple cansancio. También es posible que haya algunas mujeres mayores, casi siempre en pequeños grupos de tres o cuatro, observando con descaro a la gente pasar y comentando con suspicacia las vestimentas y acciones de los demás. Quizá unas cuantas adolescentes se diviertan y alboroten con risas nerviosas mientras saben que otro grupo de chicos las observa con cierto deje chulesco. Sí, todas esas personas encajarían en una calle así, todos abrigados hasta las orejas por el tenaz frío que se cala hasta los huesos, todos ajenos a lo que sienten y guardan por dentro aquellos con los que se cruzan por la calle, y, también todos, críticos ante lo que aparentan los viandantes.
Ahora, podemos centrarnos algo más en ese entorno, una cafetería, por ejemplo, donde hombres y mujeres de todas las edades charlan al calor del café, o chocolate, que se desliza por sus gargantas, mientras lo acompañan con algún dulce que engañe el hambre hasta la hora de la cena. Una chica sentada sola, agarrando entre sus manos una taza, un café vienés, su favorito, mientras da pequeños sorbos, absorta en sus pensamientos. No falta el chico que se acerque a decir algo como: “Una cara tan bonita no debería estar tan seria”, y espera con una sonrisa a que ella ría ante su desparpajo, pero cuando esto no ocurre se queda parado, tenso, sintiéndose incómodo y un tanto estúpido. Entonces ella, por mera cortesía, le regala una sonrisa no muy alegre y se disculpa con timidez tras dar el último sorbo a su café, entonces se levanta, deja el dinero en la mesa y se despide del chico con un gesto, y con una sonrisa del camarero que la atendió. Según abre la puerta de la cafetería el gélido viento la golpea en la cara sin compasión, recordando que es invierno y así será por algún tiempo más. Entonces ella camina por la acera, encogida en su abrigo y cubierta por camisetas, jerséis y chaquetas, sintiéndose en cierto modo, como una cebolla con sus tantas capas, y entonces ríe ante ese pensamiento, aunque de una forma más bien amarga. Saca su mp3 del bolsillo y se coloca los auriculares, busca entre las tantas canciones que guarda en el pequeño aparato y elige por fin una acorde a su estado de ánimo. Llevan tiempo aconsejándole que tire ese viejo trasto y se compre algo más moderno, pero, mientras funcione no tiene porque comprar otra cosa, o al menos eso piensa ella. Esta chica, durante mucho tiempo se dejó llevar por lo que esperaban los demás de ella, y las apariencias, como para muchos otros, lo eran todo. Pero entonces algo cambia, y con ello también se modifica su manera de pensar. Pudo ser una discusión, un accidente, una pérdida… o un beso. Sí, probablemente fue un beso, y todo lo que este conlleva.
Un chico que se acercaba a ella, y que llevaba observándola semanas sin que nadie lo supiera, que dijo ver más allá de la superficie y saber que ella no era como todos creen, incluida ella misma. Le arranca una sonrisa - la primera de muchas- con aquella ocurrencia y ella acepta que vayan a tomar algo. Después de algunas horas de risas, historias y conversaciones sin importancia se despiden en la puerta de la cafetería con unas sonrisas que son incapaces de disimular. Cada uno emprende el camino en dirección a su casa. Ella va absorta en sus pensamientos cuando alguien le toca el hombro, entonces se gira repentinamente y ahí está el de nuevo, pidiéndole su número de teléfono, porque le gustaría quedar con ella alguna vez más. Y con una sonrisa ella escribe el número en la mano del chico y le besa en la mejilla ruborizándose ligeramente.
El recuerdo de aquel día seguramente se cuele entre sus pensamientos por mucho que intente evitarlo, y le traerá sensaciones agradables que desearía volver a sentir, pero… hay más. Tras muchas llamadas, salidas al cine y a tomar algo, más risas y más historias, algo más ocurre entre ellos. El uno piensa que es maravillosa, la otra que es el amor de su vida, y ambos callan por vergüenza o miedo, ni si quiera ellos lo saben. Pero, como parecía tener que ser, las circunstancias hacen que todo se descubra y que comiencen a salir, lo que parece lo mejor y probablemente lo sea. Más llamadas, cine, cenas, risas y un largo etcétera de situaciones divertidas, románticas, o simplemente agradables, transcurren en la vida de ambos llenándola de alegría y amor. Entonces, una casualidad lo destruye todo, sí, una mera casualidad, de esas que, tras haberlas sufrido, piensas: “¿y si hubiese llegado cinco minutos más tarde?”. Ella con una sonrisa imborrable en el rostro, llegando a su acogedor piso después de la universidad una hora antes de lo previsto. Abre la puerta de la entrada y se dirige a la habitación dispuesta a ponerse el vestido más ligero que encuentre para soportar el terrible calor veraniego. En el pasillo oye un ruido, de cremallera, y sonríe pensando que él ha llegado también antes de lo previsto de trabajar, entra en la habitación y allí está, con unas bermudas a cuadros y una camiseta blanca, arrastrando con esfuerzo una enorme maleta. Y entonces algo se rompe. Él quiso irse sin hacer ruido, con una nota de despedida encima de la cama y sin un último beso, pensando que sería más fácil para ella. Ella mira sin comprender, se acerca a él con el terror en la mirada, pero sin mediar palabra, intenta coger la nota de encima de la cama, pero él se lo impide. Susurra un “lo siento” y la besa en la frente como toda despedida, y después se marcha. Ella llora, espera a oír cerrarse la puerta del piso y coge la nota lentamente, abriéndola después con las manos temblorosas. La lee y la rompe en dos, se tumba en la cama y solloza, pensando que nunca más volverá a creer en nadie.
Y volvemos al ahora, la chica sigue caminando entre la gente, siendo una más entre la multitud, pasando desapercibida como todos. Y mientras avanza rápidamente por la acera mirando hacia el suelo, choca contra algo o alguien. Levanta la mirada y, como es de esperar, está él, esto debía pasar algún día. Sonríe nerviosamente y después esa sonrisa se borra de su cara, él parece pedir perdón con la mirada y de sus labios no sale ni un austero saludo. Entonces ella le besa en la mejilla, como aquel primer día, y susurra en su oído: “tan solo espero que te enamores de alguien tanto como lo hice yo de ti”, y después sigue su camino, no quiere nada más de él. Y esas últimas palabras que parecen amables a ojos del chico, están cargadas de un significado no tan agradable, pues en los labios de ella se quedó dormida la última parte de la frase: “… y que te rompan el corazón de la misma manera”. Es muy probable que cuando llegue a casa las lágrimas se apoderen unos minutos de ella, porque todo había terminado, del todo, con un beso, tal y como empezó.
Bueno, pues este es una pequeña historia rescatada de algún lado jaja Me daba cosa dejar el blog tan abandonado y como ya no me quedan exámenes que hacer hasta pasadas las navidades (o al menos de momento es así) pues me he propuesto ocupar un poco de mi tiempo en volver a escribir (o por lo menos corregir historias antiguas). De momento la inspiración no parece estar demasiado de mi parte, pero todo llega jaja Pues nada, un beso enorme y espero que haya sido al menos interesante leer lo que he subido hoy. Que tengáis unas fantásticas navidades =)
domingo, 27 de febrero de 2011
Dead in life
Se sentía sola, con una opresión en su pecho que la desgarraba lentamente, una especie de sentimiento creado especialmente para ella, para herirla causándole un dolor atroz, tanto, que habría preferido morir entre las fauces de una bestia o ahogada en el océano, antes que soportarlo un instante más. Pero se vio obligada a sufrirlo en silencio, acurrucada en un rincón de su cálida cama, el único lugar donde se sentía segura.
Llorar durante horas era lo único que parecía ayudarla a evadirse del dolor tan intenso y real que sufría cada día. Se sentía inútil entre tanta “perfección”. La auténtica perfección en su mundo era el amor que sentía, pero que no se atrevía a compartir por miedo a perderle.
El amor era ese sentimiento apasionado y bello en esos instantes en los que podías compartirlo con total felicidad, pero cuando el amor debes tragártelo… duele más que nada de lo que puedas encontrarte. Se dio cuenta de que lo amaba en el momento menos preciso, el menos afortunado y, también, el menos esperado. Lo único que deseaba era besarlo dulcemente, como si fuera un sueño, pero del que no despertaría jamás.
¿No despertar jamás? Se confesó a sí misma el pensamiento que la rondaba de quitarse la vida en un suspiro para dejar de suspirar por él, pero se dio cuenta de algo tan evidente que era estúpido por su parte ignorarlo: si lo hacía, si desaparecía para siempre en la muerte, se reprocharía a sí misma el no haber luchado, no haber esperado saber si las cosas podían haber sido. Tan solo siguió en pie por el amor que sentía. Todo era un desastre en su interior, en realidad, en todo. Estaba cambiando y sabía el motivo, el mismo por el cual lloraba cada noche sin poder evitarlo. Pero siempre uno puede sacar fuerzas y fingir.
Fingía delante de aquellos a los que quería, pero en la soledad se derrumbaba sin importarle nada, porque… ¿qué mas le podía importar ya?
Se miraba en el espejo y no se reconocía.
El tiempo pasaba, nada cambiaba. Agonía, desesperación… ¿qué más podía esperar? Y ¿cuánto debía esperar para aquello que no sabía que era?
Pero al final perdió. Se derrumbó, murió en el silencio. La tristeza despedazó su corazón. Sucumbió al final eterno, sin el beso de eterno amor. Murió para poder vivir, porque era más difícil estar muerta en vida.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Lágrimas de cristal
Con el alma encogida y vulnerable, el rocío de sus ojos tenía mil colores diferentes, mezclados entre sí formando el collage de su débil mente.
Cada amanecer las lágrimas discurrían por sus ojos, como pequeñas gotas de colores. Tumbada de lado sobre la helada hierba matinal, los primeros rayos del sol eran los únicos testigos de su desgracia.
Escondía la cara durante la noche para que la luna no fuera compañera de su tristeza, y al amanecer entregaba al sol los pequeños cristales helados que eran sus lágrimas, para que éste grabara con su calidez los recuerdos de tanto tiempo pasado y disuelto en imágenes borrosas.
Simplemente, la muchacha guardaba los recuerdos en lágrimas de cristal.
domingo, 24 de octubre de 2010
Violeta

El paisaje. Aquel paisaje primaveral que me llevaba a recordar cuál era el motivo de aquello. Quería volver a sentir. Algo que durante meses, o quizá fueran años, no sé, no fui capaz de intentar. Me mantuve en una burbuja opaca, grisácea y de materia fría y áspera, que no dejaba paso a los sentidos. En nada se parecía al tacto suave y cálido que desprendió una vez aquel cuyos besos se quedaron muertos en mis labios, aquel que se llevó los míos bajo el manto de flores que tantas veces nos sirvieron de sábana primaveral en la infancia, de refugio de ensueño que daba rienda suelta a la imaginación de nuestra loca adolescencia y de lecho que daba cobijo a la pasión de nuestra madurez.
Se marchitaron por su ausencia, murieron de pena ante mi sufrimiento aquellas flores que un día tuvieron en sus hojas más de mil colores. Aquellas que marcharon con él y añadieron un motivo a mi desdicha.
¿Alguna vez llegó a pensar que podrían marchitar? ¿Acaso alguna vez lo hizo? Pues yo no. Ellas nos vieron crecer, reír y llorar; jugar saltar y cantar; confiar y perdonar y, sobretodo, amarnos.
Se alimentaban de nuestra alegría y supieron transformar las lágrimas en sustento para provocar una sonrisa en nuestros rostros con sus vívidos colores.
Y tras desaparecer ellas… ¿qué? no quedó nada más allí. Nada para mí.
¿Y ahora? Ahora regreso a rememorar los tiernos momentos, las caricias, a camuflar unos instantes mi melancolía y buscar algo de él en las nubes.
Y vagando por los recuerdos un sendero de lágrimas secas me lleva a un lugar conocido, pero tiempo atrás olvidado. Y con esa desconocida facilidad, encuentro, tras mucho tiempo un solo motivo para arrancar una sonrisa a mis muertos labios. Y recuerdo aquella frase tan especial que siempre me susurraba al oído: “Por cada una de tus lágrimas derramadas aquí –y señalaba el manto de flores con el índice mientras rodeaba mis hombros con el otro brazo- nace una flor violeta para templar tu amargura, una flor violeta como el color de tus ojos.” Y entonces sonrío, y entre tanto campo marchito crece una diminuta flor violeta, sí, como mis ojos, que funde mi corazón con la tierra, y me acerca un poco más a él durante unos cálidos instantes.