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martes, 27 de noviembre de 2012
Historias de un caserón victoriano-6
lunes, 3 de septiembre de 2012
Actuación de una tarde de verano (Historias de un caserón victoriano)
miércoles, 11 de julio de 2012
4. Seis besos para un "Te quiero"
sábado, 28 de enero de 2012
3- Historias de criadas
0.
Era el mediodía de un día demasiado soleado para estar en pleno enero. El cabello castaño de una muchacha, casi una niña, brillaba a la luz del mediodía. El sol le arrancaba a su pelo unos destellos caobas y le daba a sus ojos ámbar un brillo encandilador. La chica pasaba un bonito cepillo, con el mango de plata, por su largo y fino pelo, metódicamente, mientras su mirada y su mente se perdían en algún lugar lejos de allí. Fueron unos suaves golpes en la puerta de su dormitorio los que la hicieron salir de su ensoñación.
-¿Samantha? –la cara de su madre apareció discretamente asomada por el marco de la puerta.
-¿Sí madre? –preguntó a su vez ella tras soltar el cepillo y levantarse de su tocador.
-Voy con tía Vivian a la ciudad a hacer unas compras, ¿quieres acompañarnos? –dijo a su hija con una sonrisa.
-Claro. Mandaré a Felicia que traiga un abrigo. ¡Felicia, mi abrigo! –escasos segundos después una mujer joven se acercó a ellas, tendiéndole el abrigo a Samantha.
-Tome, señorita –dijo simplemente la criada.
-Gracias –contestó la muchacha sin apenas prestarla atención-. ¿Podría comprarme algún vestido, madre? Tengo entendido que el mes que viene se celebrará un baile en la mansión Berinson.
-Cierto, yo también he oído rumores –dijo Edith pensativa-. De acuerdo. Lo cierto es que me gustaría comprar algunas ropas también a mí. Vayamos pues.
Las dos mujeres salieron de la estancia, seguidas por la criada, que andaba sigilosa escuchando las palabras de madre e hija. Ellas nunca lo sabrían, o al menos eso esperaba, pero Felicia transmitía a Selina cada una de las palabras que escuchaba de boca de sus señoras o invitadas. Edith y Samantha nunca buscaban la compañía de Selina a la hora de ir de compras, pues algunos años atrás ésta dejó bien claro que no disfrutaba de esas frívolas tardes entre tules y encajes, pero no por ello pensaba excluirse de la conversaciones de su madre y su hermana. La mayor parte del tiempo, tan solo llegaban a sus oídos conversaciones superficiales con las que se reía durante un rato en compañía de Felicia, pero en contadas ocasiones, sustraía datos relevantes de las palabras de ambas. Selina gozaba de la confianza de todas las criadas y sirvientes del caserón por su simpatía y dulzura, algo que la favorecía enormemente, ya que la convertía en la verdadera señora de la casa, aunque fuera en el más absoluto secreto y discreción. A sus oídos llegaban historias graciosas, ligeramente humillantes, estúpidas, aburridas o simplemente carentes de interés. Las criadas siempre tenían algo que contar y disfrutaban relatando a Selina cualquier cosa que llegaba a sus oídos, pues ésta las sonreía, escuchaba y apreciaba.
Felicia sonrió ligeramente al escuchar a Samantha decir a Edith que para el nuevo vestido no quería escatimar en gastos. Seguro que Selina reiría ante ese comentario y respondería con algo como “¿y cuando escatima ella en gastos?” mientras estallaba en carcajadas. Realmente apreciaba a la joven y prácticamente la consideraba su mejor amiga. Mientras madre e hija esperaban a que la calesa estuviera lista, Felicia fue en busca de una criada que acompañara a las señoras a la ciudad y, ante la no especificación de estas, decidió avisar a Charlotte, una de las criadas en las que ella y Selina confiaban. Estaba segura de que aquella noche ambas se iban a divertir con las absurdas ocurrencias de Samantha y Edith.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Almas corruptas
jueves, 28 de julio de 2011
El por qué de una sonrisa (parte II)
viernes, 15 de julio de 2011
El por qué de una sonrisa
Hace ya muchos años, tantos que muchos los olvidaron ya, una joven de aspecto frágil, de claros y sagaces ojos y cabello castaño suelto y rizado, salía de lo que siempre llamó su hogar, cegada por un arrebato juvenil. Su cuerpo, ceñido por un prieto corsé –tal y como se llevaba en la época- estaba enfundado en un sencillo vestido azul que se adornaba con un lazo en la cintura. Caminaba con prisa, sin lugar concreto al que acudir, tan solo iba en busca de algo, o quizás fuera alguien, que presentía sería su liberación, mientras una gran capa del color del zafiro ondeaba tras ella dejando una estela azulada durante unos escasos instantes.
Caminó por las calles de una ciudad en pleno apogeo, repleta de risas de niños, puestos de venta y la mezcla de perfumes de las muchas damas que paseaban seguidas de su servidumbre por las angostas calles del mercado. Algunos caballeros, ataviados con sus chalecos, sombreros de copete y aquellos lustrosos zapatos limpiados a conciencia por los criados de cada uno de ellos, se reunían a charlar, siempre lejos de las entradas de los garitos de mala muerte que abundaban en aquella calle y que ellos consideraban no aptos para su persona. Los niños correteaban sin prestar la más mínima atención a sus cuidadoras, que corrían espantadas tras ellos temiendo la reprimenda de sus señores.
La joven caminaba entre la multitud, tratando de pasar desapercibida, encogiéndose en su amplia capa con la esperanza de que nadie la reconociera. Estuvo horas paseando por las calles de la ciudad sin rumbo fijo y con la mirada fija en los bajos de su vestido, mientras escuchaba con apenas interés algunas palabras entremezcladas de las conversaciones de las gentes que se cruzaban en su indefinido camino.
El sol ya estaba dispuesto a ceder protagonismo a la luna cuando, cansada de caminar, la joven se apoyó en el tronco de una enorme encina y se dejó escurrir hasta el suelo. Se había alejado mucho de su casa, y durante demasiadas horas, estaba convencida de que su madre la estaría buscando. Pero el pensamiento de volver la hizo estremecerse.
Entre sus pensamientos, no llegó a oír el roce contra el suelo que provocaba alguien al andar, y que se aproximaba cada vez un poco más, lenta y pesadamente.
-¿Hola? –la voz de un chico sonó de pronto detrás de ella.
La joven se levantó ágilmente y volvió el rostro hacia quien había hablado, y después de aquello, sin saber el por qué su sonrisa se hizo paso entre la amargura que llevaba a cuestas.