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martes, 27 de noviembre de 2012

Historias de un caserón victoriano-6


POR CONVENIENCIA

                -Es lo que hay que hacer, Julius, y se hará –Edith hablaba, al igual que siempre, altiva y titubear.
                -No puedes obligarla a hacer algo así, Edith. Sabes que Selina jamás lo aceptará –Julius por su parte hablaba con tono derrotado, abatido por tratar con su mujer.
                Mientras la conversación transcurría y las miradas cargadas de tensión y hastío volaban por la habitación, Selina escuchaba la conversación tras la puerta, temerosa de saber qué era aquello que su madre tenía planeado para ella y que sabría que no le agradaría. Recorrió el pasillo rápidamente cuando notó el silencio extenderse unos instantes en el despacho de su padre y se aseguró de que nadie había por allí cerca. Tras esto volvió junto a la puerta y captó de nuevo la voz de su padre.
                -No puedes pretender casar a nuestra hija con ese hombre –Julius trataba hacer entrar en razón a su esposa.
                -¡Siempre has sido un blando! La vida son negocios, Julius. Estamos arruinados, ¡lo sé!, por mucho que hayas tratado de escondérmelo, y necesitamos el dinero de Lord Gladstone antes de hundirnos en la miseria.
                -Así que vendes a tu hija al mejor postor por conservar ese absurdo y ostentoso nivel de vida que lleváis Samantha y tú, ¿no es así? –le reprochó con rabia.
                -No puedes reprocharme el nivel de vida que hemos llevado, jamás me dijiste que teníamos problemas económicos –se exculpó Edith.
                -¡Claro que te lo reprocho! –gritó Julius sin poder contenerse-. Jamás he querido gastar más de lo necesario en ropas, servicio y alimento. Mientras tanto vosotras acudíais a esa modista parisina y gastabais en un vestido el dinero que necesitaría una familia para comer durante varios meses.
                -No trates de culparme a mí de nuestros apuros económicos –gritó ella-. Las gestiones de tierras y comercio no son de mi incumbencia.
                -Cúlpame a mí si quieres, asumo la culpa si es lo que deseas, pero sabes que has vivido por encima de nuestras posibilidades, y no casarás a Selina para solucionar algo que, desde luego, no es culpa suya –Julius le dio la espalda a su esposa y se sentó en el amplio sillón de cuero que tenía frente a su escritorio-. No hablaré más sobre esto, Edith –añadió al saber la intención de su mujer de replicar.
                -Ya lo veremos –respondió ella histérica dirigiéndose hacia la puerta.
                Selina salió del estupor en el que se había sumido al escuchar la conversación de sus padres y corrió a esconderse en la habitación más cercana: la biblioteca. Se encogió en uno de los amplios sillones de tela color vino y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras un único sollozo pesaroso y profundo salió de su garganta. Se abrazó a sí misma sobre el mullido sillón y se repitió una y otra vez a sí misma que su padre no permitiría que ella tuviera el destino que su madre quería imponerle. Se obligó a si misma a levantarse y caminar hacia la puerta, estaría mucho mejor en su habitación, donde no pudieran molestarla. Salió de la biblioteca y cerró la puerta con cuidado.
                -¿Selina? –la voz de su padre la sorprendió por la espalda.
                Limpió cualquier resto de lágrimas de su cara con un rápido movimiento y se giró tratando de sonreír.
                -Padre –saludó ella con una forzada sonrisa dulce.
                -¿Qué ocurre, mi niña? –preguntó él escéptico, al ver los ojos ligeramente rojos de su hija.
                -Nada, ¿qué iba a ocurrir?
                -Selina, cariño, ven aquí –insistió él abriendo los brazos, a lo que su hija se acercó con rapidez refugiándose en ellos.
                -No permitas que madre me case con un extraño, por favor no lo permitas –suplicó ella.
                -Selina, no deberías escuchar conversac… -pero se detuvo a sí mismo al ver el rostro afligido de su hija-. Claro que no lo permitiré, mi pequeña –y la acercó aún más contra su pecho.
                Permanecieron un par de minutos así, solos en el pasillo, Selina tratando de retener las lágrimas y Julius acariciando el pelo de su hija.
                -Tengo una reunión, cielo. Volveré a casa en un par de horas –besó la coronilla de su cabeza y se dio la vuelta con la intención de volver a recoger unos papeles a su despacho, pero Selina lo retuvo de un brazo.
                -Padre… -titubeó-. ¿Es cierto que estamos arruinados?
                Julius tomó la cara de la joven entre sus brazos y suspiró.
                -Las cosas no van bien, cariño.
                -Y que Samantha y madre gasten una fortuna en vestidos no ayuda, por supuesto.
                Él no tuvo fuerzas para contradecir a su hija y se limitó a asentir.
                -Pase lo que pase, padre, el dinero es lo que menos me importa.
                -Lo sé, mi niña, lo sé –dijo Julius abatido.
                Entró en su despacho con pesadez y dejó a Selina, aun ligeramente temblorosa, andando lentamente por el largo pasillo en dirección a las escaleras de la planta superior para dejarse caer en la calidez de su cama y olvidar por un rato que su madre pretendía venderla al mejor postor, como a cualquier animal, para seguir costeándose sus caros vestidos y tocados. Pasara lo que pasara no permitiría que su madre la utilizara para sus fines egoístas, y mucho menos que la alejara de su amado Richard, porque eso acabaría de una vez por todas con su vida.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Actuación de una tarde de verano (Historias de un caserón victoriano)


ACTUACIÓN DE UNA TARDE DE VERANO

Las tardes de verano en el caserón siempre eran asfixiantes, un calor atroz atenazaba continuamente las estancias de los pisos superiores, mientras que la planta baja y el lúgubre sótano se mantenían a temperaturas más frescas debido al doble revestimiento de piedra que poseían. El jardín rebosaba de exuberantes flores y bien cuidados árboles y arbustos a pesar de ello. Con este pensamiento a la mente de Selina vino el recuerdo de su querido Richard, con el que hacía ya varios días que no había podido encontrarse por el constante ir y venir de gente en el caserón.
-Selina, cielo –llamó su padre dando un suave golpe en la puerta de su alcoba.
-Adelante –consintió ella.
-¿Qué haces aquí encerrada? En el salón se está mucho más fresco, ya lo sabes –le recordó él.
-Lo sé, pero hay demasiada gente allí. Sobre todo gente que no me agrada –añadió sabiendo que la reprendería por ello.
-Selina –dijo su padre en tono de advertencia.
-Lo sé, lo siento. Pero es en verdad lo que pienso.
Su padre guardó silencio mientras la contemplaba. Aquello la ponía nerviosa, no le gustaba sentir que la escrutaban.
-Padre, deje de mirarme así, sabe que me desagrada –susurró con timidez.
-Discúlpame –dijo su padre con cierta burla-. Te pareces tanto a tu madre cuando era joven, que me cuesta creerlo.
-No diga eso –su voz sonaba ligeramente tensa.
-Selina, tu madre no es el monstruo que llevas años creyendo que es. Te quiere, a ti y a tus hermanos.
-Nunca la he comparado con un monstruo, padre. Sería más correcto compararla con un témpano de hielo –espetó incómoda y resentida-. Discúlpeme, padre, pero no entenderé jamás como ha podido convivir tantos años con ella.
-No digas eso, tu madre era como tú, llena de energía, radiante como el sol, alegre, amable –hizo una pausa recordando aquellos lejanos tiempos-, pero el dinero y el poder hacen que la gente cambie. Recuerda eso, Selina.
-Sabe usted de sobra que el dinero nunca me ha interesado, y mucho menos el poder.
-Lo sé, mi niña, lo sé.
-Si hay alguien a quien deberías recordárselo, esa es Samantha. Acabará arruinándonos a todos si continúa comprando vestidos y tocados a ese ritmo. Su vestidor estallará cualquier día.
-Tienes razón. Habrá que hablar con ella pronto.
-No cuente conmigo para ello, padre, Samantha nunca me escucha, ni siquiera me aprecia –dijo con cierta pena en la voz.
-Eres su hermana mayor, claro que te quiere y te escucha –dijo su padre tratando de sonar convincente.
-Padre, ni usted mismo cree eso, no mienta –contradijo ella con rostro serio-. Pero no se apure, que hace tiempo que lo se, no me importa. Ella puede quedarse con los tules y bordados, yo tengo el jardín y a mi… -de repente se irrumpió a si misma cuando advirtió lo que estuvo a punto de decir.
-¿A tú…? –le instó su padre a continuar.
Selina permaneció en silencio evitando la mirada de su padre, como si al mirarla fuera a adivinar que pensaba en aquel chico de pelo rebelde del que se había enamorado bajo una encina. Cuando el silencio fue demasiado extenso y notaba los ojos de su padre clavados en ella, trató de arreglarlo.
-A mi pequeño William. Sabe usted que adoro a mi hermano, padre.
La mirada recelosa que su padre le dedicó le hizo saber que la respuesta no le había convencido del todo, pero no preguntó más.
-Bueno querida, tu madre debe de estar buscándome. Te pido que en los próximos minutos bajes y trates de fingir que te interesa la conversación y la compañía. Si no por tu madre, por mí –dijo su padre con una pizca de súplica en la voz.
-De acuerdo, padre. Deme unos minutos.
-Está bien –aceptó él.
Selina sintió los labios de su padre en la frente antes de que este saliera de la habitación. Se dirigió a su tocador y se observó en el espejo, su piel cremosa, el ligero tono rosado de sus labios, sus rizos color chocolate perfectamente peinados, sus largas pestañas enmarcando sus ojos claros. Cerró los ojos con fuerza. No deseaba bajar al salón. Allí tan solo le esperaban el falso rostro de humildad y amabilidad de su madre, la actitud exageradamente coqueta egocéntrica de su hermana, la cortésmente falsa simpatía de los invitados y el gesto casi desdichado en el rostro de su padre.
Estuvo tentada de faltar a su palabra y no bajar, pero siempre había sido honesta al dar su palabra, y no quería decepcionar a su padre. Se puso en pie y estiró la tela de su vestido color caramelo, recolocó el broche en su pelo y caminó hasta la puerta. Con una profunda respiración puso la mano en el pomo y lo giró, para después abrir la puerta, pudiendo así escuchar las voces del piso inferior, aunque no las palabras de estas. Aquella tarde su paciencia tendría que ser infinita, pues sus invitados no eran otros que los Gladstone, cuyos estirados e irritantes hijos mellizos, Beatriz y Edward, no cesaban de dirigirle comentarios mordaces ocultos bajo indirectas. Selina trató de consolarse con otro pensamiento, al menos no era otro acaudalado soltero ante el que su madre tratara de exhibirla como posible futura esposa. Un suspiro escapó de sus labios, pensando que lo que desearía en aquellos momentos era estar en los brazos de Dick, sintiendo sus besos y su calor.
Salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí y recorrió el pasillo con pesar hasta situarse en lo alto de la escalera. Esa tarde tendría que hacer una vez más una gran actuación. Desde luego nadie le podía negar que podría ser una brillante actriz. Sonrió ante ese último pensamiento, y sin demorarse más, comenzó su descenso hacia una para-nada-agradable velada.

Muy buenas ^.^ Espero que os haya gustado el relato y poco más que decir de ello jaja
Con respecto a Besos de Rubí, pues no he empezado el capítulo siguiente, pero tengo ya la idea en mente y demás, así que me pondré a escribirlo un día de estos jaja Hace ya unos días que me paso menos por los blogs y tal porque andaba liada con cosas de baile y tuve un cumpleaños y llegué a las tantas a casa, blablabla, podéis imaginaros que ese día dormí hasta la hora de comer xD
Este relato llevaba ya un tiempo empezado, pero no me gustaba así que lo volví a empezar y en un par de días lo he escrito. No es gran cosa, solo por conocer un poco más la vida de Selina y no dejar el blog olvidado.
Pues eso es todo bloggeros, un besito, y cuando me vea con tiempo e inspiración me pondré manos a la obra con Cassandra y nuestro amado Domenico *.* jaja
Saludos!!

miércoles, 11 de julio de 2012

4. Seis besos para un "Te quiero"

¡¡Buenos días bloggeros!! =)
Hoy no tengo mucho que decir, solo que aquí os dejo otro relato de "Historias de un caserón victoriano".
Espero que os guste =D
¡Besos!

4. Seis Besos para un "Te Quiero"

El ligero pero insistente tintineo de una campanilla llegó a los oídos de Selina.
-¿Y ahora qué precisa mi arrogante hermana? –preguntó rodando sus ojos.
-Lo ignoro señorita, pero será mejor que vaya a averiguarlo –dijo Felicia levantándose con avidez para después salir de la habitación y entrar en la estancia de enfrente.
Selina permaneció en silencio, tratando de averiguar con qué estupidez molestaba su hermana de nuevo a las doncellas. Mientras centraba su atención en lo que ocurría al otro lado del pasillo, no se percató de la presencia de alguien más en su habitación hasta que unos brazos, claramente masculinos, rodearon sus hombros y una mano tapó su boca. Un grito ahogado trató de escapar de su garganta, hasta que la risa jovial y alegre de alguien que bien conocía llegó a sus oídos. Ella se giró rápidamente y miró con el ceño fruncido el rostro de su supuesto agresor.
-¡Dick! ¿Cómo se te ocurre? ¡Me has asustado! –gritó ella realmente molesta golpeando el pecho del joven.
-Vale, vale. Cálmate –trató de frenarla él mientras sujetaba sus brazos-. Lo siento, de verdad. Solo era una broma –insistió con una mirada de verdadero arrepentimiento.
-Pues malditas sean tus bromas –dijo Selina con una mezcla de enfado y frustración en su voz-. ¿Pretendías que muriera de un paro cardíaco?
-Eso –se detuvo para enfatizar-, es lo último que quiero. Te lo aseguro –añadió envolviendo sus brazos alrededor de una enfadada Selina.
-De acuerdo –aceptó ella mientras su enfado se disipaba ligeramente-. Pero jamás, y repito, jamás, hagas eso de nuevo –casi gritó presionándose contra el pecho de él.
-Prometido –aseguró él con calma presionando sus labios en la frente de ella.
Selina se relajó en los brazos de Richard, olvidado casi por completo su enfado ante la cercanía de él.
-Pero, ¿qué estás haciendo aquí? –preguntó repentinamente desenvolviéndose de sus brazos.
-¿Tan pocas ganas tienes de verme, preciosa? –preguntó Richard tratando de parecer indignado.
-Sabes que no es eso –respondió Selina retorciendo uno de sus rizos castaños entre sus dedos-. Si alguien te ve aquí vamos a tener problemas, y graves.
-Tus padres acaban de partir en la calesa y tu hermana nunca se acerca a tu habitación, tú misma me lo has dicho cientos de veces –dijo con despreocupación mientras rodeaba con sus brazos a Selina y depositaba un suave beso en los labios.
-Dick, para –le interrumpió ella, aunque con desgana, tratando de mantener la mente clara y no dejarse llevar por la dulzura de los besos de él.
-Vamos, Sel –trató de convencerla llamándola con aquel apelativo cariñoso que para Selina sonaba a gloria en los labios de su amado-, tus padres se han ido, tus hermanos no saldrán de sus habitaciones en toda la tarde y el servicio come de la palma de tu mano –remarcó esto último con una sonrisa pícara.
-De acuerdo, pero salgamos de aquí –se rindió ella depositando un ligero beso en los labios de él-. Mantente en silencio y sígueme por los pasillos. No puede vernos nadie.
Él tan solo asintió, manteniendo sus labios cerrados y pinzados con sus manos. El gesto hizo reír a la joven. Recorrieron los pasillos en silencio, Selina andando delante, tratando de parecer natural en el caso de encontrarse con alguien para después indicar a Richard que continuase si no se topaban con nadie. Escasos minutos después se encontraban en el gran jardín trasero, sentados en un pequeño claro rodeado de rosales que se encontraba en las proximidades al pequeño bosque colindante.
-Te he echado de menos –suspiró ella recostándose en el regazo del joven.
-Yo también –respondió este a su vez inclinándose hasta depositar un ligero beso en los labios de Selina.
-¿Qué tal tu primera semana de trabajo? –preguntó ella con curiosidad.
-Considerablemente bien. Tu padre es agradable, tu madre sin embargo es más difícil de complacer, pero en pocas ocasiones merodea por los jardines –explicó él con voz suave-. Lo mejor es tenerte tan cerca, pero también es lo peor. Echo en falta tu compañía sabiéndote tan cerca.
Selina se incorporó del regazo de Richard, pasando una de sus delicadas manos por el rostro del joven, deteniéndose en la comisura de sus labios con una sonrisa juguetona en el rostro, viendo como los ojos de él se cerraban y una tenue sonrisa se dibujaba en sus facciones.
-No sabes lo mucho que te quiero –dijo ella de repente, casi sin pensarlo. Lo que causo en el una reacción de sorpresa y nerviosismo a partes iguales-. No digas nada, lo sé –añadió ella poniendo dos dedos sobre los labios del chico.
Él sonrió como toda respuesta y tomó la mano de la joven, besando uno a uno sus dedos, para después seguir por su muñeca, subiendo lentamente por su brazo hasta depositar un beso en la base de su cuello. Ella se mantenía quieta, hasta que, en el último beso, un suspiro escapó de sus labios. Abrió los ojos lentamente y se acercó a Richard, recostándose en sus brazos tras depositar un beso en los labios de este.
-¡Selina! –una voz sonó de repente, por lo que se separaron con premura.
-Quédate aquí –gesticuló ella sin que ningún sonido escapara de sus labios, a lo que él asintió.
-¡Selina! –se oyó de nuevo, esta vez más cerca.
-¡Ya voy! –gritó ella en respuesta saliendo precipitadamente de entre los rosales y alejándose de allí.
Richard mientras tanto permaneció sentado, deslizando su dedo a lo largo de su labio inferior, pensando. Hacia solo tres semanas que se había topado con Selina bajo aquella encima. Sin duda había sido lo mejor que podía haber ocurrido en su vida, pensó mientras una sonrisa se formaba en sus labios. Aquella delicada muchacha le había robado el corazón con sus ojos claros y su sonrisa tímida pero radiante. Semanas atrás habría estallado en una estrepitosa carcajada si cualquiera le hubiera dicho que acabaría loco y anhelante por los labios de una señorita de buena posición, sin embargo ahora no imaginaba el tener que alejarse de ella.
-Dick –la voz de ella lo sacó de sus pensamientos-. Lo siento, tengo que irme. William ha empeorado y mis padres no están en casa. He mandado buscar al médico –la voz de ella salía precipitada y angustiada de su garganta. Él se levantó rápidamente y la acomodó entre sus brazos.
-Está bien, tranquila –dijo tratando de calmarla-. William se repondrá. No llores –añadió al ver que una pequeña lágrima corría por el rostro de la joven, y la atrajo más hacia sí.
Ella se dejó arrastrar y ocultó su rostro en el pecho de él, dejando que su aroma a flores y tierra mojada inundara sus sentidos y la relajara. Lentamente, levantó la cabeza, se separó ligeramente de él y lo besó unos instantes casi de forma desesperada, descansando sus brazos sobre el cuello de él.
-Tengo que irme –dijo ella con su frente apoyada sobre los labios de él-. Más tarde nos veremos, lo prometo. Saldremos a dar un paseo por el límite del bosque. ¿Está bien? –preguntó tratando de mantener su preocupación fuera. Él asintió ante su pregunta y la besó de nuevo, lentamente.
-Hasta luego –dijo ella ya alejándose de él, pero el brazo de él, y la intensa mirada que le dirigía se lo impedían. Le miró con cierta confusión en sus ojos.
-Te quiero –dijo el simplemente y después bajó su brazo.
Una sonrisa se formó en los labios de la joven mientras sus mejillas se ruborizaban. “Me quiere”, pensó con alegría mientras se alejaba de allí. Su propia voz interna le respondió. Claro que te quiere. Solo necesitaba tiempo para apreciarlo él mismo. Y mientras tanto ella volvió hacia el gran caserón, donde un ligero alboroto general la esperaba para ser calmado.

sábado, 28 de enero de 2012

3- Historias de criadas

Tras algún tiempo, puede que mucho la verdad. Historias de un caserón victoriano vuelve, me gustaría decir que con fuerza, pero, siendo sincera, este nuevo relato es más bien escueto, aunque refleja lo que es el caserón desde sus "cimientos". Bueno, sin más que añadir, os dejo otra historia más. ¡Un beso!

0.

Era el mediodía de un día demasiado soleado para estar en pleno enero. El cabello castaño de una muchacha, casi una niña, brillaba a la luz del mediodía. El sol le arrancaba a su pelo unos destellos caobas y le daba a sus ojos ámbar un brillo encandilador. La chica pasaba un bonito cepillo, con el mango de plata, por su largo y fino pelo, metódicamente, mientras su mirada y su mente se perdían en algún lugar lejos de allí. Fueron unos suaves golpes en la puerta de su dormitorio los que la hicieron salir de su ensoñación.

-¿Samantha? –la cara de su madre apareció discretamente asomada por el marco de la puerta.

-¿Sí madre? –preguntó a su vez ella tras soltar el cepillo y levantarse de su tocador.

-Voy con tía Vivian a la ciudad a hacer unas compras, ¿quieres acompañarnos? –dijo a su hija con una sonrisa.

-Claro. Mandaré a Felicia que traiga un abrigo. ¡Felicia, mi abrigo! –escasos segundos después una mujer joven se acercó a ellas, tendiéndole el abrigo a Samantha.

-Tome, señorita –dijo simplemente la criada.

-Gracias –contestó la muchacha sin apenas prestarla atención-. ¿Podría comprarme algún vestido, madre? Tengo entendido que el mes que viene se celebrará un baile en la mansión Berinson.

-Cierto, yo también he oído rumores –dijo Edith pensativa-. De acuerdo. Lo cierto es que me gustaría comprar algunas ropas también a mí. Vayamos pues.

Las dos mujeres salieron de la estancia, seguidas por la criada, que andaba sigilosa escuchando las palabras de madre e hija. Ellas nunca lo sabrían, o al menos eso esperaba, pero Felicia transmitía a Selina cada una de las palabras que escuchaba de boca de sus señoras o invitadas. Edith y Samantha nunca buscaban la compañía de Selina a la hora de ir de compras, pues algunos años atrás ésta dejó bien claro que no disfrutaba de esas frívolas tardes entre tules y encajes, pero no por ello pensaba excluirse de la conversaciones de su madre y su hermana. La mayor parte del tiempo, tan solo llegaban a sus oídos conversaciones superficiales con las que se reía durante un rato en compañía de Felicia, pero en contadas ocasiones, sustraía datos relevantes de las palabras de ambas. Selina gozaba de la confianza de todas las criadas y sirvientes del caserón por su simpatía y dulzura, algo que la favorecía enormemente, ya que la convertía en la verdadera señora de la casa, aunque fuera en el más absoluto secreto y discreción. A sus oídos llegaban historias graciosas, ligeramente humillantes, estúpidas, aburridas o simplemente carentes de interés. Las criadas siempre tenían algo que contar y disfrutaban relatando a Selina cualquier cosa que llegaba a sus oídos, pues ésta las sonreía, escuchaba y apreciaba.

Felicia sonrió ligeramente al escuchar a Samantha decir a Edith que para el nuevo vestido no quería escatimar en gastos. Seguro que Selina reiría ante ese comentario y respondería con algo como “¿y cuando escatima ella en gastos?” mientras estallaba en carcajadas. Realmente apreciaba a la joven y prácticamente la consideraba su mejor amiga. Mientras madre e hija esperaban a que la calesa estuviera lista, Felicia fue en busca de una criada que acompañara a las señoras a la ciudad y, ante la no especificación de estas, decidió avisar a Charlotte, una de las criadas en las que ella y Selina confiaban. Estaba segura de que aquella noche ambas se iban a divertir con las absurdas ocurrencias de Samantha y Edith.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Almas corruptas

Buenas!!! A ver, lo primerísimo de todo siento que últimamente haga tan poco en el blog, pero acabo de empezar el curso y ando liadísima (solo con deciros que YA TENGO EXÁMENES creo que me entenderéis). Pero aún así... Tengo el próximo mini-relato de "Historias de un caserón victoriano". Sí, de verdad, aunque a mí también me parecía imposible que fuera a salirme de una vez. Me ha costado mucho sacarlo, ya que últimamente no ando muy inspirada, y puede que incluso os decepcione un poco (aunque espero que no =$)
Un beso a todos y aquí os lo dejo.


-¡Julius!
La histérica voz de una mujer rompe la pacífica calma que instantes atrás reinaba en la estancia.
-Querida, ¿a qué tanto alboroto? No me gusta que irrumpas así en mi despacho.
-Discúlpame, pero es importante -se excusa la mujer remarcando la última palabra y retocándose con altivez su extravagante recogido.

Julius muestra una mirada resignada y sigue a su esposa por los largos pasillos de su, casi laberíntica, casa. Edith solía ver dramas en cualquier minucia que importunara la rutina de su día a día, algo que Julius no soportaba. Llevaba con su esposa casi 18 años, los mismos que pronto cumpliría su hija mayor, su preciosa Selina. Tras el paso de los años, Julius fue perdiendo a su mujer, lo sabía, y no podía hacer nada para remediarlo. La avaricia y el ansia de poder le habían arrancado de entre sus brazos a una Edith alegre y jovial, el sol de un día nublado para Julius, y habían corrompido el alma de su mujer.
Muchas fueron las veces que Julius, exasperado por los caprichos y desmanes de su esposa, deseó montar en su hermoso pura sangre y galopar hasta el lugar más recóndito de la tierra, lejos de aquella casa dominada por la codicia. Lo único que impedía su huida era el amor por sus hijos, en especial por Selina, que conservaba el mismo corazón puro que poseía Edith en su juventud. Samantha, su otra hija, era demasiado parecida a su madre: a sus 14 años el poder y el dinero se encontraban en lo más alto de su escala de prioridades. Y el pequeño William... era una luz que poco a poco brillaba algo menos, su alegría y vitalidad se atenuaban con cada soplo de aire fresco y nadie era capaz de predecir cuando se apagaría por completo.

Julius aún recordaba el día en que conoció a Edith. Era un caluroso día de verano aquel en el que se le anunció que debía vestirse con sus mejores galas, pues aquella tarde conocería a su futura esposa. Ante el desconcierto del joven, tan solo se le aclaró que así lo había mandado su padre, sería un matrimonio de conveniencia, que aportaría beneficios a ambas familias.
Aquella misma tarde la casa era un continuo ir y venir de gente. Las flores adornaban cada estancia y aportaban una embriagante mezcla de diferentes olores y colores. La tensión se respiraba en el ambiente, cualquiera lo podía notar. Julius, tras arreglarse, y puesto que nadie le ofrecía mayor información, decidió investigar por su cuenta. Los criados, cocineras y mozos de cuadra chismorreaban en cada rincón de la finca, evitando cruzarse con el joven, sabedores de que serían asaltados a preguntas que tenían prohibido contestar. Repentinamente, el ajetreo, los susurros y los arreglos fueron sustituidos por una ligera histeria colectiva, todos corrían hacia sus respectivos puestos, y eso solo podía significar una cosa: su prometida ya había llegado.
La puerta se abrió ruidosamente y, precedidos de un criado que les abría el paso, aparecieron ante él un hombre alto y muy ataviado a cuyo brazo se aferraba una mujer de tez pálida y aspecto frágil, enfundada en un vestido burdeos, y, tras ellos, se encontraba una joven de cara redonda y afable enmarcada por unos rizos color chocolate que resaltaban su clara mirada.

Julius sonrió al recordar aquella inocencia que desbordaba Edith en su juventud y lo mucho que disfrutaron los días anteriores al anuncio público de su compromiso. Pero una voz lo sacó de su ensoñación:
-¡Julius! ¿Me has oído? ¡Mira!
Julius mira hacia dónde señalaba su esposa y resopla amoscado. Un pájaro, un pequeño pájaro que apenas sabía volar había entrado en el salón por uno de los grandes ventanales. Julius se agacha pesaroso, recoge a la pequeña ave con dulzura y se dirige hacia el jardín, dónde libera al pajarillo que, con gran esfuerzo, consigue mover rápidamente sus alas y volar entre las copas de los árboles, saboreando una libertad que, Julius más que nadie, desearía poder disfrutar unos instantes.

jueves, 28 de julio de 2011

El por qué de una sonrisa (parte II)

Bueno, después de mucho pensar, decidí hacer una segunda parte de "El por qué de una sonrisa" ya que para mi gusto le faltaba algo y, ya que me gusta como quedó la primera parte, no quiero eliminarla y hacer un conjunto de las dos cosas así que aquí os dejo la segunda parte.

Narrada por Richard (Dick)

Aquella tarde veraniega no buscaba compañía alguna, tan solo caminaba alejado de las abarrotadas calles de la ciudad, tratando de no cruzarme con nadie conocido con quien tener que entablar conversación por mera cortesía. Llevaba días buscando cualquier trabajo que me permitiera llevar algo de dinero a casa con el que llenar el estómago de mis hambrientos hermanos y mi cansada madre, pero las oportunidades no se me presentaban a espuertas.

Entre mis tortuosos pensamientos me dejé llevar por mis pies hasta un discreto encinar situado cerca de uno de los caminos que salían de la ciudad. Allí, bajo una frondosa encima de tronco grueso y hojas frágiles, se hallaba sentada una chica. Estaba totalmente convencido de que pertenecía a una familia acaudalada, pues sus ropas, a pesar de ser sencillas, se mostraban de aspecto caro. Por un instante mi cabeza me dijo que me alejara de allí, pues nunca me gustó tratar con gente adinerada, pero sus ojos, perdidos en algún lugar lejano, denotaban tal tristeza que no pude si no acercarme y decir:

-¿Hola? -si hay algo que tuve claro en ese momento, era que mi voz destilaba una gran inseguridad en cada letra.

Ella se levantó agitada, haciendo botar sus rizos castaños y repentinamente, como si me conociera desde siempre, sonrió con tal intensidad que hasta sus, antes tristes, ojos azules desprendían cierto brillo.
Aquella imagen tan desconcertante, dada la situación, pero tan bella, provocó en mí la sonrisa más estúpida que jamás he mostrado ni mostraré. Desde ese fascinante instante en que nuestros ojos se cruzaron y que dio ligar a una serie de simples pero importantes sonrisas, mi vida cambio hasta el punto de no reconocer en mí al chico arisco y orgulloso que siempre fui. Y pondría la mano en el fuego una y mil veces sin miedo a afirmar que la suya tampoco fue igual desde aquel día.

Mi Selina. Porque siempre fue y será mía, por mucho que la vida se empeñe en poner trabas. Pero esa, es otra historia.

viernes, 15 de julio de 2011

El por qué de una sonrisa

Hace ya muchos años, tantos que muchos los olvidaron ya, una joven de aspecto frágil, de claros y sagaces ojos y cabello castaño suelto y rizado, salía de lo que siempre llamó su hogar, cegada por un arrebato juvenil. Su cuerpo, ceñido por un prieto corsé –tal y como se llevaba en la época- estaba enfundado en un sencillo vestido azul que se adornaba con un lazo en la cintura. Caminaba con prisa, sin lugar concreto al que acudir, tan solo iba en busca de algo, o quizás fuera alguien, que presentía sería su liberación, mientras una gran capa del color del zafiro ondeaba tras ella dejando una estela azulada durante unos escasos instantes.

Caminó por las calles de una ciudad en pleno apogeo, repleta de risas de niños, puestos de venta y la mezcla de perfumes de las muchas damas que paseaban seguidas de su servidumbre por las angostas calles del mercado. Algunos caballeros, ataviados con sus chalecos, sombreros de copete y aquellos lustrosos zapatos limpiados a conciencia por los criados de cada uno de ellos, se reunían a charlar, siempre lejos de las entradas de los garitos de mala muerte que abundaban en aquella calle y que ellos consideraban no aptos para su persona. Los niños correteaban sin prestar la más mínima atención a sus cuidadoras, que corrían espantadas tras ellos temiendo la reprimenda de sus señores.

La joven caminaba entre la multitud, tratando de pasar desapercibida, encogiéndose en su amplia capa con la esperanza de que nadie la reconociera. Estuvo horas paseando por las calles de la ciudad sin rumbo fijo y con la mirada fija en los bajos de su vestido, mientras escuchaba con apenas interés algunas palabras entremezcladas de las conversaciones de las gentes que se cruzaban en su indefinido camino.

El sol ya estaba dispuesto a ceder protagonismo a la luna cuando, cansada de caminar, la joven se apoyó en el tronco de una enorme encina y se dejó escurrir hasta el suelo. Se había alejado mucho de su casa, y durante demasiadas horas, estaba convencida de que su madre la estaría buscando. Pero el pensamiento de volver la hizo estremecerse.

Entre sus pensamientos, no llegó a oír el roce contra el suelo que provocaba alguien al andar, y que se aproximaba cada vez un poco más, lenta y pesadamente.

-¿Hola? –la voz de un chico sonó de pronto detrás de ella.

La joven se levantó ágilmente y volvió el rostro hacia quien había hablado, y después de aquello, sin saber el por qué su sonrisa se hizo paso entre la amargura que llevaba a cuestas.

lunes, 27 de junio de 2011

Abandonado. (Presentación)

Un gorrión se posa en la vieja y oxidada verja de un caserón victoriano, envuelto en silencio y tinieblas, abandonado décadas atrás por una triste familia que cargaba a sus espaldas más desgracias de las que se puedan soportar.
Ese viejo caserón abandonado, ahora tan solo habitado por los fantasmas del pasado y las miradas rotas de los personajes de los cuadros que decoraban cada estancia. Los retratados perdieron la luz de su mirada mucho tiempo atrás, mientras las llamas del tiempo y el olvido devoraban los rostros sin vida de mujeres y hombres por igual. La vitalidad que pudieran desprender los paisajes pintados -que un día fueron bellos- se veía apagada por un halo de miseria y oscuridad. Los grandes ventanales por los que un día había entrado, glorioso y cálido, el sol de la mañana, albergaban ahora capas y capas de las cenizas de una muerta alegría, arrollando y acosando a ese sol que tiempo atrás desistió en su intento de llenar las estancias. Los suelos, muebles y paredes que un día fueron testigos de corteses fiestas señoriales, jocosas celebraciones infantiles y apasionados amoríos juveniles, languidecían sin la esperanza de tiempos mejores.
Y hoy por hoy, el pequeño gorrión retoma su vuelo y deja atrás un laberinto de terror y agonías, envuelto en los espectrales susurros que el viejo caserón exhala al viento.


Hola, bueno aquí está la primera historia de una pequeña "colección" que se titula Historias de un caserón victoriano. Espero que os guste.