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lunes, 12 de marzo de 2012
Verdades que duelen
martes, 14 de febrero de 2012
Un adiós por San Valentín
Y allí me encontraba yo, con una diminuta caja blanca en la mano acompañada de un colorido lirio naranja y un pequeño sobre que parecía gritar “¡ábreme!”, algo para lo cual mi mente no encontraba fuerzas. Maldito él y maldito día de los enamorados. Me dispuse a abrir la cajita con premura -en el fondo quería ver lo que tan cuidadosamente guardaba en su interior- pero durante unos minutos, que parecieron eternos, mi propio raciocinio me lo impedía. Así, tras sacar el valor del lugar más recóndito de mi cuerpo, o simplemente venciendo mi curiosidad a mi razón, levanté con cierto temor la pequeña tapa, mostrando bajo ella aquel brillante llavero de plata que representaba un corazón con nuestros nombres grabados, el mismo que semanas antes había estrellado contra la alfombra de su habitación junto con las llaves de su piso. Lo agarré entre mis dedos con delicadeza, era verdaderamente precioso, siempre lo había sido, pero no lo quería conmigo. Lo aparté a un lado en un vano intento de impedir que las lágrimas afloraran a mis ojos, y agarré el lirio con ambas manos, acercándolo poco a poco a mi cara, aspirando entonces su dulce aroma. Siempre adoré esa curiosa flor, pues su suave fragancia de azahar me llevaba a recordar los felices días de mi infancia en la finca de mis abuelos, rodeada permanentemente de lirios de la mañana como aquel. Por último, con manos temblorosas deslicé el dedo índice por la apertura del sobre, tratando de posponer durante unos instantes el momento en el que leería las palabras que allí estaban plasmadas. Cuando mis dedos ya rozaban el fino papel de la carta, el irritante pitido del timbre me hizo dar un respingo, levantándome, casi involuntariamente, de mi mullida cama. Me acerqué a la puerta y observé a través de la mirilla, aún ya sabiendo de quien podía tratarse. Y entonces me desplomé, dejé mi cuerpo deslizarse hasta el suelo sin tan siquiera evitar el ruido que delataba mi presencia.
-Rosse. Por favor, abre la puerta –la suave y amable voz de Daniel inundó mis oídos como si fuera el más bello sonido y también el más anhelado por mi cuerpo, que instantáneamente liberó la tensión acumulada durante semanas-. Por favor, sé que estás ahí, solo abre la puerta, o habla conmigo al menos –su melodiosa voz denotaba tristeza mientras me imploraba.

-No. Vete Daniel, por favor. Vete –mi débil voz suplicaba algo que en fondo no deseaba, pero las cosas debían ser así, lo sabía, y no podía cambiar de opinión.
-Esperare día y noche si es necesario. Algún día saldrás, aunque me lleve semanas conseguir hablar contigo –su voz firme y decidida no hacía sino resquebrajar aún más mi corazón, pulverizando los diminutos fragmentos en los que ya de por sí se había roto.
Un suave roce al otro lado de la puerta me hizo suponer que había tomado la misma postura que yo, apoyada contra la puerta. Debía marcharse de allí, tenía que ser así, pero no lograba averiguar cómo conseguir mi objetivo. Los sollozos se hicieron paso a través de mi garganta y, de nuevo, él.
-Rosse, por favor. Necesito una explicación. Abre la puerta. Prometo que después me iré –la angustia y desolación que destilaban sus palabras formó un nudo en mi pecho-. Déjame verte una vez más, por favor. Lo necesito.
Los minutos pasaron mientras nuestras respiraciones se acompasaban y sus últimas palabras se quedaron flotando en el aire. Aquello tenía que acabar, no podía vivir pegada a una puerta, con las lágrimas humedeciendo permanentemente mis ojos y sintiendo su corazón a tan solo unos centímetros de mí, separada de él por algo tan simple como una puerta. La razón se impuso a mi corazón, haciéndolo callar con algo parecido a la amenaza por un nuevo dolor. Abrí la puerta sin vacilar, haciendo caer a Daniel de espaldas, para que después me observase con sus profundos ojos.
-Rosse…
-¿Querías una explicación? La tendrás –solté casi cerrando los ojos. Y de repente recurrí a mi mente, buscando la historia más dañina y rastrera que pudiera encontrar para romper su corazón por completo y que se despojase de todo sentimiento hacia mí, pero mi imaginación y mi corazón no quisieron cooperar, por lo que tan solo… -ya no te quiero. Ahora vete y olvídate de mí, para siempre.
Empujé la puerta para cerrarla, pero su pie me lo impidió. Su mirada rota y amarga acabaría por destruirme por completo si no conseguía cerrar aquella puerta. Y de repente, y en apenas un instante, agarraba mi rostro con una mano y mi cintura con la otra mientras me besaba lentamente, como solo él sabía, pero esta vez con un sabor a despedida, un sabor en el que ya no había esperanza, solo dolor. Se alejó de mí con pesar y se fue por dónde había venido, dándome la oportunidad de cerrar esa puerta que pondría fin a nuestro amor, y que si cerraba, jamás volvería a abrir para él. Regresé a la cama y me dejé caer, y también morir, lo mismo daba, aún así el tiempo estaba en mi contra y la temida dama fría podría llevarme con ella pronto como de hecho lo hizo, sin dejarme tiempo a leer aquella nota que esperaba paciente junto a mí, en cuyo interior reposaba un austero pero magnífico “te quiero” que luchaba por ser leído por mí.
sábado, 12 de febrero de 2011
Feliz San Valentín
Querida Rosse:
Se acerca San Valentín, lo habrás notado, ¿verdad?
Las miradas furtivas entre parejas o simplemente amigos enamorados sin valor o conocimiento para expresar sus sentimientos, recorren el aire, veloces como un ave rapaz surcando el cielo, y con ese buscado disimulo propio de los secretos más íntimos.
Por otro lado, el desamor acecha en cada esquina. Los hay compungidos por el rechazo de esa persona a la que aman o melancólicos por la reciente ruptura a las vísperas del día de los enamorados, algunos de ellos sentados en un sofá con la televisión encendida pero sin ver nada, con la mirada perdida o fija en una cajita que contiene ese regalo perfecto que buscaron durante días para la persona a la que más querían, y en muchas ocasiones, aún quieren.
Hay parejas cegadas por la emoción del primer amor, pero también hay personas solitarias que lloran el infortunio de su vida amorosa y se ven solos y sin poder celebrar ese día con alguien especial. Mientras otros, ajenos e indiferentes al amor, alegan que San Valentín tan solo es producto de la codicia de los comercios.
También hay parejas con una increíble historia de amor que se transformó en recuerdos por el fatal inconveniente de la lejanía, aunque existen otras que se aferran a cada kilómetro que los separa con el positivo pensamiento de: “el amor salva las distancias”.
Otros rehúyen encontrar a su príncipe o princesa ideal, aunque no lo admitan, por el miedo a perderlo, y se esconden entre fiestas y amoríos de una noche, que nada tienen que ver con ese sentimiento profundo y cálido, y no tienen la esperanza de mirar a alguien y ver su interior.
Algunos celebran su amor cada día, como el más bello regalo que han podido recibir, por lo que ese día de San Valentín, es tan solo un día más en su perfecta y profunda ensoñación. Pero también existen otros, traicionados y doloridos, que rechazan todo amago de disculpa por parte de aquel que le traicionó, mientras que otros en la misma situación, perdonan incondicionalmente por la debilidad que causa en ellos el amor.
Tantas clases de amor existen… El inocente e incondicional amor infantil, el loco amor de la juventud y el dulce y duradero amor de la vejez son solo algunos de ellos, todos transcurriendo ante nuestros ojos día a día. Y, como aquellas parejas que viven su amor sin pausa y cada día con más intensidad, ¿no deberíamos vivir el amor puro de los enamorados, amigos o sencillamente familiares, todos y cada uno de nuestros días con la misma intensidad? San Valentín tan solo es un día, un día para que recordemos ese amor, pero con regalos, globos con forma de corazón y cartas anónimas con palabras bonitas y detalles en purpurina.
Por cierto, feliz San Valentín.
Tuyo siempre. Te quiere,
Mike.
domingo, 31 de octubre de 2010
Flashes otoñales
Llevo en la mano la cámara vieja de mi padre. Sí, sí, esa tan vieja que muchos llamarían “viejo y enorme armatoste”. Pues ¿sabéis qué? ¡A mí me gusta! Me gusta su enorme objetivo, el parecer una fotógrafa cuando la llevo a cuestas. Sí, a cuestas, es muy grande. Y me gusta que sea grande, que tenga un montón de botones de los que la mitad no sé para qué sirven y me gusta descubrir cómo activar el flash, y cómo volver a quitarlo. Me gusta ese “viejo armatoste” en general. Y nadie me convencerá de lo contrario.
Hoy voy a salir al parque, llevo mis pantalones de la alegría, como solía llamarlos. Aquellos tan anchos de color amarillo chillón que casi resplandecen en los soleados días de verano. Y, aunque estamos en pleno otoño, hoy mi estado de ánimo es “pantalón amarillo chillón”. Sí, suena tonto, lo sé, pero me siento exactamente así. Coloridos, alegres, llamativos… así son mis pantalones, son… ¡como el sol! ¡Qué digo! Son MI propio SOL.
En el parque la gente camina deprisa, con pesadez, con la cabeza gacha. ¿Estarán concentrados en observar el mucho o poco brillo de sus zapatos? Pisan la gran alfombra de tonos cálidos que forman las hojas caídas. La típica escena de película melancólica. Yo, desbordante de alegría, creo que no encajo en la escena. Camino de un lado a otro, cámara en mano, y fotografío todos los instantes que creo importantes.
¡Flash! Esa ardilla castaña acaba de pasar a mi historia sin saberlo. ¡Flash! ¡Ups! Creo que ese señor se ha molestado. ¡Flash! Esa vista del parque era demasiado especial como para dejarla escapar. ¡Flash! Yo, con mi pelo corto y cobrizo cubierto casi por completo por un gorro negro, para calentar las orejas. Y mil y un flashes van acercándose hacia el anochecer.
Sonrío. Creo que son bastantes fotografías por un día. Un manto oscuro va atrapando a los, ahora desnudos, árboles del parque. Espero que en casa me reciba una taza de chocolate caliente y una cálida sonrisa que me arrope en el sillón mientras repaso mentalmente las tantas fotografías tomadas hoy y las recuerdo en blanco y negro en mi cabeza, porque así me parecen más bonitas.