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lunes, 12 de marzo de 2012
Verdades que duelen
sábado, 12 de febrero de 2011
Feliz San Valentín
Querida Rosse:
Se acerca San Valentín, lo habrás notado, ¿verdad?
Las miradas furtivas entre parejas o simplemente amigos enamorados sin valor o conocimiento para expresar sus sentimientos, recorren el aire, veloces como un ave rapaz surcando el cielo, y con ese buscado disimulo propio de los secretos más íntimos.
Por otro lado, el desamor acecha en cada esquina. Los hay compungidos por el rechazo de esa persona a la que aman o melancólicos por la reciente ruptura a las vísperas del día de los enamorados, algunos de ellos sentados en un sofá con la televisión encendida pero sin ver nada, con la mirada perdida o fija en una cajita que contiene ese regalo perfecto que buscaron durante días para la persona a la que más querían, y en muchas ocasiones, aún quieren.
Hay parejas cegadas por la emoción del primer amor, pero también hay personas solitarias que lloran el infortunio de su vida amorosa y se ven solos y sin poder celebrar ese día con alguien especial. Mientras otros, ajenos e indiferentes al amor, alegan que San Valentín tan solo es producto de la codicia de los comercios.
También hay parejas con una increíble historia de amor que se transformó en recuerdos por el fatal inconveniente de la lejanía, aunque existen otras que se aferran a cada kilómetro que los separa con el positivo pensamiento de: “el amor salva las distancias”.
Otros rehúyen encontrar a su príncipe o princesa ideal, aunque no lo admitan, por el miedo a perderlo, y se esconden entre fiestas y amoríos de una noche, que nada tienen que ver con ese sentimiento profundo y cálido, y no tienen la esperanza de mirar a alguien y ver su interior.
Algunos celebran su amor cada día, como el más bello regalo que han podido recibir, por lo que ese día de San Valentín, es tan solo un día más en su perfecta y profunda ensoñación. Pero también existen otros, traicionados y doloridos, que rechazan todo amago de disculpa por parte de aquel que le traicionó, mientras que otros en la misma situación, perdonan incondicionalmente por la debilidad que causa en ellos el amor.
Tantas clases de amor existen… El inocente e incondicional amor infantil, el loco amor de la juventud y el dulce y duradero amor de la vejez son solo algunos de ellos, todos transcurriendo ante nuestros ojos día a día. Y, como aquellas parejas que viven su amor sin pausa y cada día con más intensidad, ¿no deberíamos vivir el amor puro de los enamorados, amigos o sencillamente familiares, todos y cada uno de nuestros días con la misma intensidad? San Valentín tan solo es un día, un día para que recordemos ese amor, pero con regalos, globos con forma de corazón y cartas anónimas con palabras bonitas y detalles en purpurina.
Por cierto, feliz San Valentín.
Tuyo siempre. Te quiere,
Mike.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Mery
Mery era huérfana, pero no una huérfana cualquiera, ¡ojo! De pequeña siempre contaba una historia, la misma, cada 24 de diciembre. Era una historia bonita, la verdad. Ese día, se levantaba temprano y venía corriendo a mi habitación. Me despertaba con su voz cantarina y lo primero que veía era su carita redondita, de mejillas sonrosadas y resplandecientes. Me cogía de la mano, sin tan siquiera dejarme tiempo para calzarme las zapatillas de invierno, y avanzaba al trote por los pasillos de nuestro gran orfanato, en silencio, para no despertar a los otros niños, arrastrándome con ella.
Con cuidado, llegábamos hasta una salita con dos cómodos sillones marrones y una bonita chimenea de piedra gris oscura. Luego, sin haber dicho aún una sola palabra, salía disparada hacia la cocina, pero en tal silencio, que muchas veces llegué a creer que flotaba ligeramente sobre el suelo. Al cabo de 5 minutos exactos –Mery siempre fue muy puntual- volvía a paso lento con una bandeja de plata con dos grandes tazas blancas encima, que contenían el chocolate caliente más rico que jamás haya probado. Delicadamente, dejaba la bandeja sobre una mesita de color ocre que había entre los dos sillones, se sentaba junto a mí, y nos arropada a los dos con una gran manta beige.
Mery nunca cambió su forma de comenzar la historia, decía: “¿Sabes? Yo, en realidad, no soy huérfana. Te voy a contar una historia, pero tiene que ser un secreto entre los dos, ¿vale?”. Yo asentía, siempre, como si fuera la primera vez que escuchaba aquella historia. Aunque, realmente, esa historia siempre era nueva, cada año añadía nuevas aventuras y relatos, haciendo que año tras año la historia fuera más larga y completa, cada vez más interesante.
Después de comenzar con esa breve introducción, sostenía la taza de chocolate caliente entre sus manos, la contemplaba durante unos instantes y, tras dar un largo sorbo, reposaba su cabeza sobre mi hombro. La primera vez creí que llegaría a dormirse, pero no, nunca se dormía, cerraba los ojos contemplando en el interior de sus párpados su propia película, esa historia que tanto le gustaba y tanto llegó a gustarme a mí.
Y así, con esa precisión, perfectamente igual año tras año, comenzaba esa historia fantástica e intricada que tenía el poder de mantenerme en vela con una taza de chocolate caliente en la mano y la maravillosa cabecita de Mery en mi hombro.