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lunes, 19 de agosto de 2013

Talía y Melpómene

-¡Hazme caso! En esta ocasión déjame interceder a mí –la voz frustrada de la menuda y bella mujer era demandante aunque fuera solo un susurro.
                -Cállate, Talía, o acabaran descubriéndonos –trató de silenciarla otra mujer, más alta pero igual de bella.
                -Demetrius necesita inspiración bucólica, la belleza del campo, el olor de la naturaleza y el sonido de los susurros del viento –insistía Talía-. ¿No lo ves?
                -Demetrius no necesita esas tonterías, es un hombre, no un corderillo –contradijo la mujer alta rodando los ojos-. Además, ¿te olvidas de Denes? Él también forma parte de todo esto.
                -Denes es tan pesimista como tú, Melpómene, eso no te lo negaré –Talía se cruzó de brazos y miró enfurruñada a su hermana-. Pero precisamente por eso necesita un poco de la frescura del campo para alegrarle.
                -Pareces olvidar que somos musas. Nosotras no tenemos que tratar con los demonios internos de cada uno. Deja que Hades juzgue su interior cuando muera –Melpómene tiró de su hermana hacia sí y puso un dedo sobre sus labios al ver que pretendía quejarse-. Nuestra labor es inspirar, no transformar. Ahora guarda silencio, te recuerdo que este no es un encargo cualquiera.
                Talía le dedicó un gesto hosco, pero ninguna palabra más salió de sus labios. Las dos musas permanecieron juntas, en silencio sentadas sobre la rama de un frondoso roble que debía contar con varios siglos de vida.

                -Demetrius, razona. La gente está harta de los campos –decía Denes frotándose las sienes-. Pasan la mayor parte de su vida en ellos, rastrillando, regando, recolectando, alimentando ganado y mil cosas más como esa. ¿Crees que quieren que en su única forma de evasión también se cuele su tortura de cada día?
                -Hermano, eres un exagerado –rio el joven, haciendo botar sus rizos dorados-. ¿Acaso crees que tu intención de crear una historia trágica y fatalista animaría al público? Como tú has dicho sus vidas ya son demasiado duras, no entiendo tu afán por mostrarles penurias en lugar de alegría.
                Denes le miró con el ceño fruncido y descargó un ligero golpe sobre la nuca de su hermano pequeño.
                -Claro que no lo entiendes, estúpido. Ver las fatalidades que les ocurren a otros les hará pasar las suyas con mayor valentía. Verán que hay cosas peores en este mundo que ser pastores y labriegos.
                -Esa es una idea estúpida. Lo que necesitan es la alegría del amor en los campos para darles esperanza a sus corazones –Demetrius tenía una mirada risueña, que pocos metros más allá y por encima de sus cabezas, imitó la dulce Talía mientras agarraba la mano de su hermana.
                -Vas a hacerme llorar. Del horror –puntualizó Denes exasperado.
                Los dos hermanos se alejaron el uno del otro y caminaron entre los árboles del bosque donde buscaban que surgiesen sus ideas.
                -De todos modos, eso da igual. Ninguno sabe por dónde empezar. Nuestras amadas musas no nos honran con su inspiradora presencia esta soleada mañana –se burló dejándose caer bajo un pequeño roble.
                Ante las burlonas palabras del joven, Talía descendió graciosamente desde la rama, aterrizó con gesto enfadado y, poniendo las manos en las caderas, se acercó al insolente Denes.
                -Las musas no somos dicteriades, auletrides ni hetairaes que tengan que acudir a complacerte, estúpido y creído mortal –gritó ella indignada plantándose frente a él.
                Él se levantó asustado, mirando a la joven con desconfianza y estudiando sus rasgos, que normalmente debían ser dulces, frunciéndose en una mueca de enfado. Se pegó al árbol que quedaba a su espalda y levanto las manos tratando de poner distancia entre ambos.
                -¿Quién demonios eres tú y de dónde has salido? -gritó espantado.
                En ese momento Melpómene se acercó rápidamente a su hermana y, tomándola del brazo, la arrastró a un par de metros de distancia del chico.
                -¡Talía! Padre dejó bien claro que no nos dejáramos ver por el momento –riñó a la menuda musa.
                -¡Malditos encargos! Odio trabajar contigo. Siempre me encuentro con jóvenes estúpidos y sin alegría –se libró del agarre de su hermana y se alejó un par de pasos de ella-. Yo inspiro a los soñadores, amantes de la naturaleza y con amor en su corazón. No sé qué tiene eso que ver con la tragedia de tus artes. ¡Son incompatibles!
                Melpómene no se molestó en responder a los gritos de su hermana, la tomó nuevamente del brazo y trató de alejarla de los jóvenes, que se habían acercado a ellas, aunque a una distancia prudente, y observaban pasmados.
                -A padre no le agradará esto –susurró intentando hacer entrar en razón a la testaruda Talía mientras dirigía rápidos vistazos a los hermanos.
                -Me da igual –espetó ella-. Soy una musa, no una esclava.
                Un fulminante resplandor, seguido de un trueno ensordecedor, cruzó el cielo, provocando que todo el bosque se silenciase.
                -Perfecto, Talía, le has hecho enfadar –sonrió a su hermana sarcásticamente-. Ni una palabra más –indicó cuando su boca se abrió.
                Una vez el cielo recuperó la calma, la vida volvió al bosque, y los hermanos salieron de su ensimismamiento.
                -Siento interrumpir vuestra intensa discusión, ¿pero podríais explicar qué acaba de ocurrir? –preguntó Denes irritado, cosa que no agradó a las musas.
                Demetrius le reprendió con la mirada y se acercó a ellas con paso calmado, observando con sus ojos azules a las bellas hermanas.
                -Disculpad los modales de mi hermano –dijo con voz suave-. Pero nos gustaría saber quiénes sois, hermosas jóvenes.
                Talía sonrió y se zafó del agarre de su hermana.
                -Estos son los jóvenes a los que adoro –sonrió verdaderamente alegre y tomó las manos del chico entre las suyas-. Educados, alegres, divertidos, dulces y soñadores.
                Demetrius le devolvió una sonrisa, aunque su mirada estaba cargada de confusión.
                -Mi nombre es Talía –la musa rio alegremente y depositó un delicado beso en su mejilla-. Aquella estirada es mi hermana Melpómene.
                -¡Talía! –gritó ella riñéndola.
                -En el fondo la quiero, pero debería de ser más alegre –susurró al oído de Demetrius, cuya risa se musical se alzó en el ambiente.
                -Encantado, Talía, mi nombre es…
                -Demetrius, lo sé –sonrió-. Y aquel es tu hermano Denes –añadió frunciéndole el ceño a este último.
                Su respuesta dejó al joven perplejo.
                -¿Has estado espiándonos? –casi gritó Denes.
                -Por supuesto que no –se defendió Talía-. Las mus…
                -No vuelvas a decir nada más, Talía, nos vamos –trató de tirar de su hermana, pero esta se aferró al joven de cabello claro y ojos azules y se negó a ir-. ¡Talía! –gritó enfurecida.
                -Deja de repetir mi nombre, hermana, creo que ha quedado bastante claro.
                Melpómene emitió un suspiro exasperado.
                -Eritó siempre se muestra ante sus poetas, no entiendo el afán que tenéis Urania y tú por no dejaros ver. Si pretendemos que crean en nosotras no deberíamos andar siempre escondidas como hacen los estúpidos dioses –cruzó los brazos molesta y se acercó aún más a Demetrius, que la observaba sorprendido.
                De nuevo la calma del cielo se vio interrumpida por un fogonazo de luz y un sonoro trueno.
                -Cállate de una vez, acabarás enojando a todo el Olimpo –Melpómene trataba de contener las ganas de golpear a su testaruda hermana-. El don de Eritó trabaja de otra manera, ya lo sabes, y además Urania y yo no somos las extrañas por no dejarnos ver, sois Euterpe y tú las que insistís en coquetear como crías en vuestro trabajo, ¿no tenéis suficiente con Pan?
                -No pienso responder a eso –se giró indignada, dando la espalda a su hermana y enlazó el brazo con el del muchacho-. Estoy cansada de pelear. Como ya he dicho, soy Talía, musa de la comedia y la poesía bucólica –sonrió como una niña pequeña.
                -¿Musa? –esta vez el que intervino fue Denes, acercándose al variopinto y pequeño grupo que había estado observando durante unos largos minutos-. ¿Cómo las musas de las historias, hijas de Zeus y Mnemosine?
                -¿Acaso hay otra musas? –preguntó a su vez Talía.
                Demetrius miró a la dulce joven y se alejó un par de pasos, reteniendo una de las manos de ella entre las suyas.
                -¿Habéis venido a ayudarnos? –sus ojos estaban brillantes y esperanzados.
                -Claro.
                Ambos sonrieron.
                -En realidad hoy solo estábamos aquí para observar –intervino Melpómene-. Pero parece ser que mi hermana se ofendió ante las burlas de Denes.
                El mencionado agachó la cabeza, ligeramente avergonzado.
                -¿Y tú eres…?
                -Melpómene, musa de la tragedia y el drama –sonrió levemente.
                -¿El destino nos bendice con la presencia de dos musas? –exclamó sorprendido Demetrius.
                -Las Moiras no han intervenido en esto, no controlan cada detalle, por mucho que quieran hacer creer que sí –Talía rio.
                -¿Pretendes llevarles también al Olimpo, hermana? Tu lengua está demasiado enérgica hoy.
                -De acuerdo, ya no diré más -dijo no queriendo iniciar una nueva discusión.
                Repentinamente Demetrius se echó a reír, viendo en las riñas entre las musas el mismo afecto que tenía por su propio hermano, a pesar de las muchas disputas que tuvieran.
                -Tu perfecto muchacho parece reírse mucho a nuestra costa, querida hermana –dijo Melpómene en tono mordaz.
                -Oh, por favor, no empieces –contestó Talía rodando los ojos-. Juro que renunciaría a parte de mi sentido del humor con tal de que contribuyera a aumentar el tuyo, o mejor dicho, a hacerlo existente –añadió sonriendo con un ligero brillo de malicia en los ojos.
                La altiva musa no se molestó en buscar palabras con las que responder a su hermana. Se limitó a mirarla con la barbilla alta, para después acercarse, casi inconscientemente, unos pasos en dirección a Denes.
                -Será divertido tratar de poner nuestras ideas en orden con dos musas que son tan contrarias la una de la otra –espetó éste.
                -Lo dices como si entre nosotros no fuéramos igual de contrarios que ellas –dijo Demetrius en tono burlón.
                -¡Silencio! –gritó Talía con esa voz alegre y dulce que la caracterizaba-. Estoy segura de que habrá una manera de introducir vuestro terrible fatalismo en nuestra magnífica visión de la alegría campestre.
                -Sin duda hemos de temer a mi hermana –susurró Melpómenes inclinándose hacia Denes-. Creo que es, sin lugar a dudas, la más terca de todas las musas.
                Y con este último comentario, los dos amantes de la naturaleza echaron a reír, incitando incluso a sus dos contrarios amantes de la tragedia a dibujar en sus rostros unas ligeras sonrisas que darían paso a una tarde repleta de ideas y risas que los dos hermanos nunca conseguirían olvidar.



Muy buenas!! Mientras escribía este relato de las musas (que como podéis ver en este caso es de dos de ellas, las del teatro, como ya hace tiempo creo recordar que mencioné que haría), iba pensando que estaba metiendo demasiados detalles que podrían ser desconocidos si no se sabe mucho de mitología griega, así que para que no haya problemas, dejo aquí explicadas algunas cosillas:

-En primer lugar, dicteriades, auletrides y hetairaes, son básicamente las "señoritas de compañía" (para lo menos finos: prostitutas) de la Antigua Grecia. Las primeras son las de menor rango, las que podrían considerarse del pueblo llano, más asequibles. Las segundas dan sus servicios a la clase media, por lo que deducimos que sus salarios y condiciones son mejores que las que las primeras. Y las última serían las que hoy llamamos "de lujo", considerablemente parecidas a las cortesanas que a cambio de sus servicios recibían de sus protectores un lugar donde estar y una considerable cantidad de lujos, que vivían bastante bien, todo hay que decirlo.

-Lo siguiente es hablar sobre el mencionado "Pan". Es el dios de la sexualidad masculina, pero también se lo asocia con el campo y la naturaleza, es algo así como el dios de los pastores, y se dice que tocaba la flauta de pan (creo que más adelante entenderéis porque menciono esto), por lo que me pareció conveniente relacionarlo de alguna manera con Talía. Que yo conozca, no se les relaciona directamente ni hay ningún mito en el que estén implicados, pero esto lo escribo yo y me parece que en el fondo en la mitología griega todos estaban liados con todos jaja [Conclusión: que me apetecía meter datos varios de la mitología griega como me apetecía, básicamente].

-Como habréis notado, menciono el nombre de bastantes musas en este relato. Ya conocéis a Eritó, musa de la poesía amorosa, pero en este caso he mencionado también a Urania, musa de la Astronomía y Filosofía, amante de las ciencias exactas como las matemáticas. Y también se menciona el nombre de Euterpe, en este caso musa de la música instrumental, en especial relacionada con la flauta (este es el momento en el que tendrías que pensar en cierta parte del relato, en el paréntesis de más arriba y decir: Aaaah, claro!! xD).

-La creencia más extendida en el mito de las musas es que son hijas de Zeus y Mnemosine (diosa de la memoria), como he indicado en el relato, pero lo cierto es que en otra creencia algo menos extendida se dice que podrían ser hijas de Urano y Gea (ambos titanes), pero lo cierto es que esta versión no me terminaba de gustar así que me decanté por la creencia más popular, que a mí forma de pensar concorda más, ya que todos sabemos lo promiscuo que era Zeus.

Y con esto creo que he dicho todo lo que tenía que decir sobre aclaraciones jaja 

Como más información, estoy escribiendo el siguiente capítulo de Besos de Rubí, y el resto de relatos de las musas (quedan 4) no creo que tarde mucho en ir subiéndolos, espero que anden casi terminados entre septiembre y octubre (como he dicho, ESPERO jaja).

Bueno, esta entrada ya es suficientemente extensa. Si queda alguna duda, no dudéis preguntar en los comentarios.

Saludos!!

sábado, 18 de mayo de 2013

Clío


Era una tarde cálida, una tarde donde el sol brillaba en el cielo sin abrasar la piel de aquellos que caminaban bajo su luz. Era la clase de tarde en la que los cuentacuentos salían a cantar, con sus túnicas coloridas y sus palabras embelesadoras que atraían a niños, jóvenes, adultos y ancianos por igual. En el centro de una pequeña plaza las risas se mezclaban con los cantos alegres que un fantasioso anciano inventaba para los pequeños, un par de calles más abajo, en las ruinas de una antigua posada, un joven con el pelo negro y rebelde y una sonrisa pícara contaba historias de amor candentes, pasiones y engaños a los jóvenes más atrevidos y algún que otro próximamente adulto que se negaba a dejar atrás la rebeldía y jovialidad de sus años anteriores.
El más joven, de apenas quince años, de pelo dorado y rizado, ojos azules oscuros y profundos como dos pozos y una sonrisa tan dulce que toda chiquilla de la plaza andaba encandilada con ella, reposaba contra una barandilla, con expresión ausente en el rostro mientras relataba una de las tantas historias que conocía desde niño, aquellas sobre héroes, caballeros y hazañas históricas que su abuelo le había enseñado a contar y vivir en cuanto el pequeño aprendió a hablar.
                -Y de repente –miró directamente a los ojos de los interesados espectadores que permanecían embelesados con la cadencia de su voz-, nuestro héroe se levantó, mientras la profunda herida de su costado dejaba un reguero de aquel líquido rojo que mantiene la vida.
                Algunos niños que consiguieron escapar de sus padres para escuchar las crudas historias del joven juglar se taparon la boca, con la emoción del conocimiento del casi imposible alzamiento del héroe. Los ancianos asentían con orgullo por la pasión en las palabras del muchacho, mientras algunos chicos y chicas de la edad del juglar, que preferían la acción a la picardía del juglar de pelo negro, cuchicheaban entre sí con admiración.
                -“Nunca creí que los consiguieras, hijo” dijo arrepentido el anciano padre de nuestro héroe –el juglar continuaba su historia-. Él sonrió sin importar lo ocurrido tiempo atrás, pensando que no lejos de allí le esperaba algo incluso mejor que el orgullo de su padre.
                -Será una bella muchacha de cabello brillante y dorado como el trigo, ¿verdad que sí, Attis? –preguntó emocionada una muchacha algo más joven que el juglar, que puso a propósito a la imaginaria dama el cabello de éste.
                -No seas tonta, Cyrene, es una historia de valor, bestias y héroes, no una de esas de amor para las crías como tú –replicó el chico que estaba sentado junto a ella.
                -Puede que no vaya desencaminada tu preciosa compañera, amigo –interrumpió el joven Attis sonriendo, y provocando un ligero rubor en las mejillas de la muchacha-. No es esta una historia de amor y delirio, pero los héroes merecen alguien que les espere en casa cuando vuelven de sus hazañas, ¿no crees?
                El chico miró a Cyrene con el ceño fruncido, después volteó la cara y esperó a que su juglar favorito continuara con el relato.
                -Todo héroe quiere alguien que le entregue su amor al llegar a casa, una dulce esposa que lo espere con el corazón encogido, y nuestro héroe no va a ser menos, por supuesto. Su amada era hermosa como ninguna, de cabello tan claro que parecía blanco, con unos ojos verdes como el musgo que parecían más propios de una ninfa que de cualquier otro ser. La joven era hija de un gran señor, dueño de una de las villas más grandes de toda Grecia. Como bien sabéis nuestro héroe en sus comienzos no era más que un campesino, sin gloria ni dinero, y no aspiraba a tener para él a semejante belleza –las chicas suspiraban risueñas, gustosas por este giro en la historia, y hasta los más masculinos admitían en su interior que sería magnífico estar en el lugar del héroe-. Pero el valor que sintió al vencer a las bestias volvió a él para reclamar a la chica de los brazos de su padre, y con toda la voluntad de su cuerpo y mente consiguió que fuera suya.
                -Los héroes siempre quieren bellezas de las villas, que tienen la piel dorada y los ojos y el cabello hermosos –comentó una chica algo quejicosa-. Nunca buscan muchachas humildes y tan solo bonitas.
                Attis sonrió y se agachó hasta quedar a la altura de la joven, que estaba sentada en el suelo junto a algunos más.
                -Los héroes describen a sus esposas como preciosas mujeres de pelo largo, cuerpos de suaves curvas, ojos hermosos y labios generosos –admitió él-. Pero eso es porque así las ven ellos, aunque fueran sencillas y “tan solo bonitas” –utilizó las mismas palabras de la chica, que tanta gracia le habían causado interiormente-, las alagarían como si fueran princesas, reinas y prácticamente diosas.
                -Eso es cierto –confirmó la sonriente Cyrene.
                -Pero nunca se debe comparar a un mortal con un dios, recordad si no lo que cuentan las historias de muchas bellas y egocéntricas muchachas –dijo la voz suave y cautivante de una mujer escondida ente la multitud y bajo una fina capa verdiazul.
                -Cierto, señora –asintió Attis, reconociendo aquella voz que durante tanto tiempo había estado cercana a él.
                -Por favor, termina la historia –le llamó la joven quejicosa mientras le tironeaba de la túnica.
                -Claro –sonrió.
                Le dedicó una última mirada a la mujer de la capa y prosiguió con su historia, que ya estaba llegando a su fin.
                -Nuestro héroe tomó a la joven como su esposa, quien le dio fuertes hijos de cabello claro con los ojos negros y llameantes de su padre, y una preciosa niña con los ojos de su madre y el pelo rizado y castaño del héroe –continuó-. Y por fin, al regresar a casa de sus mil hazañas tenía quien le curara las heridas y lo esperara con el corazón encogido en el marco de la muerta.
                Todo el mundo permaneció en silencio.
                -Y como todas las historias, esta llegó a su fin, ¡hasta la próxima! –Attis dejó el tono solemne de sus historias y pasó a ser el muchacho alegre de quince años que era. Le guiñó el ojo a la sonrojada Cyrene y se apresuró a acercarse a la mujer de la capa.
                -Encantado de verte de nuevo, Clío –susurró mientras se alejaba andando rápidamente, siempre con la mujer pegada a su lado.
                -Cada vez lo haces mejor, Attis, estoy orgullosa de ti, mi niño –contestó ella calmada.
                -Aduladora como solo las musas sabéis serlo –comentó él carcajeándose-. Y bella, por supuesto.
                -Son ya muchos años, pequeño, ni tu ingenioso sarcasmo ni tus halagos hacen efecto ya en mí.
                -Jamás entenderé porque insistes en cuidar de mí, más que como pupilo me tomaste como hijo, y cualquiera sabe que eso no es algo que hagáis las musas así porque sí –declaró él con convencimiento.
                -¿Ni siquiera se me permite hacer buenas obras sin que alguien me lo reproche? –preguntó ella molesta.
                -No te lo reprocho, pero es extraño, qué sentido tiene negarlo.
                Clío miró al muchacho con dulzura.
                -Debería reprenderte por tu forma de hablarme –dijo la musa tratando de mostrarse altiva.
                -Claro, deberías –asintió Attis riendo.
                -Niño insolente.
                -Vamos, Clío, no lo digo en serio –sonrió el chico rozando el hombro de la musa con el suyo propio.
                -Maldito crío, sabes que no puedo cabrearme contigo –y una sonrisa se formó en sus labios.
                Ambos continuaron caminando en silencio, uno al lado del otro, durante unos minutos.
                -Hacía ya mucho que no venías a escuchar mis historias –comentó Attis.
                -Tengo trabajo que hacer, y ya no necesitas de mi ayuda como antes –explicó Clío-. La inspiración está en ti, pequeño, no es necesario inducirla como al principio.
                -Entonces, ¿dejarás de visitarme cuando creas que no necesito más ayuda? –preguntó el chico, cierto tono de decepción en su voz.
                -¿Preocupado por si te abandono, querido?
                -Han sido muchos años, no diré que no te aprecio, Clío.
                La musa se detuvo en medio de una pequeña calle de casas bajas y humildes, apoyando las manos en los hombros del muchacho se inclinó y le besó en la mejilla.
                -¿Cómo podría dejar a mi pequeño? –una sonrisa divertida se extendió en su rostro-. No te preocupes por eso, Attis, si fuera a dejarte ya lo habría hecho. Estás de sobra preparado para seguir tu solo.
                El chico no dijo nada, permaneció serio, sin mirar a los ojos de la musa.
                -Bueno, mi niño, tengo trabajo que hacer. Volveré a verte lo antes posible –se inclinó y le dio un cálido abrazo a su protegido-. Adiós.
                -Hasta pronto –dijo de vuelta el muchacho sonriendo.
                Luego permaneció inmóvil, viendo como su mentora se alejaba contoneando las caderas y se encogía en su capa hasta desaparecer como un susurro en el viento.

(Clío: musa de la poesía histórica y heroica)

domingo, 24 de febrero de 2013

Terpsícore


-Airlia, querida, descansa ya –dijo la anciana tomando del brazo a la joven-. Llevas ya muchas horas aquí.
            -Lo sé, abuela, pero tengo que seguir, solo la práctica lleva a la perfección, y el festival a la diosa es en solo unos días –replicó ella con voz dulce.
            -Acabarás agotada.
            -No te preocupes. En seguida voy a comer, solo un rato más, por favor –casi suplicó dedicándole una inocente mirada a la anciana.
            -Está bien, niña, pero ven cuando te llame –accedió finalmente.
            -Por supuesto –aceptó depositando un beso en la mejilla de la mujer.
            La joven sonrió a la mujer y se dio la vuelta, comenzando a tararear mientras una canción de melodía lenta. Susurraba algunas palabras mientras se movía por la habitación con los ojos cerrados, balanceándose al ritmo que ella misma imponía.
            -No necesitarás tanto de mi ayuda como crees –una voz suave seguida de una risa melódica interrumpieron su ensayo.
            Airlia abrió los ojos de golpe y se giró en la dirección de la que procedía aquella voz, encontrándose con una hermosa mujer de cabello castaño vestida con una larga túnica blanca, sentada graciosamente sobre una de las sillas doradas que había en la habitación.
            -¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? –preguntó Airlia algo asustada.
            -Siempre rezando y pidiendo ayuda y cuando se os da no sabéis reconocerla –dijo jocosamente la mujer como toda respuesta.
            -¿Cómo dices?
            -Me ofendes, querida. Deberías reconocer a la musa del canto y la danza teniéndola frente a ti –dijo falsamente ofendida.
            -¿Terpsícore? –probó la muchacha.
            -Acertaste –asintió la musa sonriente, levantándose de la silla y acercándose a Airlia-. Todo va mejor ahora que nos conocemos, ¿no crees, Airlia?
            -¿Cómo sabes mi nombre? –preguntó la joven.
            -Sería muy grosero por mi parte no conocer el nombre de aquellos que buscan mi ayuda, ¿no?
            -Yo no te he llamado, no pedí ayuda a las musas –dijo Airlia confundida.
            -Puede que no directamente, pero crees que necesitas mi ayuda, querida, no lo niegues –explicó la musa.
            -Bueno… dentro de unos días comenzará la Herea*, y mi actuación debe ser perfecta. Tengo que complacer a la diosa –añadió tímidamente.
            -Oh, es cierto, querida, pretendes casar este año con aquel joven tan apuesto… Evander era su nombre, ¿no?
            -¿Cómo lo sabes? –preguntó la muchacha sorprendida por la verdad de las palabras de la musa.
            -Deberías asimilar ya que sé muchas cosas, mi pequeña Airlia. Las musas tenemos nuestras fuentes, y vemos y sabemos todo lo que necesitamos ver y saber –Terpsícore sonrió y pasó suavemente la mano por la mejilla de la joven-. Basta de preguntas, te ayudaré.
            -¿Qué?
            -Me agradas, querida. Tienes la dulzura y suavidad que el baile requiere, y aunque en esta ocasión tengas el propósito de conseguir algo, sé que hace ya tiempo que danzas por mero placer –terminó con una sonrisa alentadora.
            -¿De verdad me ayudarás? –preguntó sorprendida Airlia.
            -Eso acabo de decir –asintió Terpsícore.
            -Muchas gracias –la joven se echó a los pies de la musa con una resplandeciente sonrisa.
            -Levanta, pequeña, no soy una diosa que busque de tu adoración, aunque aprecio tu agradecimiento –rió con dulzura.
            Airlia se puso en pie y se quedó mirando a la hermosa musa con ojos brillantes y alegres.
            -¿Cómo me ayudarás? –preguntó finalmente con curiosidad.
            -Cierra los ojos.
            Airlia obedeció.
            -Ahora escucha.
            Ella permaneció en silencio y agudizó el oído, esperando por lo que fuera que tenía que escuchar. Instantes después la melodía que ella misma había tarareado minutos antes, esta vez procedente de una lira en manos de la musa, llenó la habitación.
            -Baila, querida –la instó la musa.
            Airlia comenzó a moverse lentamente, siguiendo la música que flotaba a su alrededor, bailando con cada nota.
            -Eso está mejor –la felicitó Terpsícore sonriendo.
            La muchacha continuó bailando, meciendo su cabello rubio con ritmo constante, riendo alegremente mientras notaba esa fuerza invisible que ejercía la musa sobre ella y que le daba la agilidad que poco tiempo ante no tenía.
            -No nos llevará mucho tiempo llevarte a la perfección –comentó Terpsícore-. Después del festival estoy segura de que Hera te adorará y conseguirás lo que tanto quieres –añadió con tono alentador.
            Airlia tan solo asintió, aún con los ojos cerrados, y continuó sumida en su estado de concentración, sintiendo por una vez que la diosa estaría de su parte.

*Herea: nombre de los festivales que se hacían en honor de Hera en varias ciudades del antigua Grecia donde el culto de esta deidad había sido introducido.


Pues aquí tenéis el segundo relato sobre las musas, en este caso de Terpsícore, musa del canto y la danza. Ya hacía un tiempo que lo había empezado, pero es que últimamente escribía muchas cosas y ninguna la terminaba, por eso llevo tanto tiempo sin subir nada desde el relato de Eritó. De verdad que lo siento, pero no me salía terminar nada, no encontraba finales que me gustaran. 
En un comentario me preguntó Kashmir si los relatos tienen alguna continuación o algo así, y mi respuesta es que -al menos en principio- que no. Cada musa tiene su relato, simplemente quiero dar a conocer a cada una de ellas y que "dones" tienen.
¡Ah! Y también me dijo Kashmir sobre si podía hablar algo sobre mi carrera (efectivamente estoy estudiando biología ^.^) y lo he pensado y me gustaría un montón hablaros de ello, así que me pienso sobre qué hablar y en un par de días subo una entrada sobre ello. [Si queréis, comentadme aquí que os parece que la vaya a subir]. 
Hasta aquí poco más que decir. Ah bueno, que me he teñido de pelirrojo jaja Hace ya tiempo que comentamos Kashmir y yo sobre ese color de pelo y este fin de semana he ido a ver a mis padres y a mi madre le dió el punto y quiso teñirme, y aquí estoy yo con mi pelo rojo xD

Bueno bloggeros, un beso enorme a todos ♥

domingo, 3 de febrero de 2013

Nuevo proyecto

Muy buenas bloggeros!!! :)
Pues como habéis visto en el título, tengo un nuevo proyecto!!!
No es nada demasiado especial, ni si quiera creo que se pueda llamar "proyecto" en sí xD Simplemente, estaba escribiendo hace un momento un relato algo así como mitológico, y me entraron muchas ganas de seguir con ello. Vale, sé que ahora mismo no os estáis enterando de nada, así que primero leed el relato, y ya os lo explico al final ;)

Eritó



-¿De nuevo me necesitas, Orestes? –el largo y sedoso cabello marrón chocolate de aquella esbelta mujer calló sobre los hombros de él, cubriéndolo con sus suaves rizos-. Deberías intentar hacer algo por ti mismo –añadió riendo.
            -Es solo que… -titubeó él.
            -Lo sé, lo sé –le interrumpió ella moviendo la mano despreocupadamente-. Las musas llegamos a ser casi adictivas –sonrió pícaramente.
            El hombre permaneció en silencio, sentado en un precioso diván de gasa oscura, concentrado en no acelerar su respiración y observando por el rabillo del ojo el brazo claro de la mujer, que se deslizaba lentamente a lo largo del suyo propio.
            -¿Qué es esta vez? –se sentó lentamente a su lado en el diván, dejando que su delgada túnica blanca se deslizase hacia arriba por su muslo-. Déjame adivinar… ¿Otro poema para enseñar al mundo? ¿Ganar fama y dinero?
            La mujer emitió una risa jocosa, apartándose el pelo de la cara con un rápido movimiento con la mano. Se recolocó la tiara de flores del pelo y tomó una de sus largas mangas blancas, jugando con ella y enredándola con aire sensual. Mientras tanto Orestes permanecía en silencio, las manos sudándole y el corazón palpitándole a toda velocidad.
            -¡Oh! –exclamó de repente ella-. No es eso, ¿verdad? Es algo distinto esta vez. ¿Una mujer?
            Ante el silencio de él ella continuó.
            -Oh, sí, se trata de eso. ¿El pequeño y soñador poeta se ha enamorado? –preguntó con burla, sin esperar respuesta-. ¿Sabes? Deberías intentar prescindir de mí en esta ocasión.
            -¡No! –exclamó él-. Necesito tu ayuda más que nunca.
            -Siempre me necesitarás mientras sigas convencido de que es así, Orestes –la voz de ella tomó un matiz más serio-. Tienes que aprender a prescindir de mí.
            -¿Por qué, Eritó? Yo obtengo lo que deseo, tú tienes tu pago –respondió el secamente.
            -“Pago”, odio esa palabra –suspiró la musa-. Es solo una justa compensación.
            -Lo sé, lo siento.
            Eritó se levantó del diván y caminó lentamente ante el hombre, pensando, sentándose finalmente en su regazo con delicadeza. Echó los brazos sobre sus hombros y acercó su rostro al de él.
            -Una vez, Orestes, una última vez y desapareceré de tu vida para siempre –sentenció ella mirándolo fijamente con sus ojos claros-. Lo entiendes, ¿verdad? No volveré a acudir a tu llamada. Esto tienes que conseguirlo por ti mismo.
            Él asintió lentamente, interiorizando el aviso de la musa, aceptándolo poco a poco.
            -Está bien, solo una vez más. Después trataré de seguir por mí mismo –contestó por fin.
            -Eso es todo lo que necesito escuchar –y Eritó lo beso con fuerza-. ¡Oh! –se separó rápidamente sonriendo-. Está vez toma toda la inspiración que puedas, escribe ese poema y enamórala para siempre. Recuerda que no te ayudaré más –añadió como toque final.
            Acto seguido se inclinó de nuevo hacia él y continuó besándolo con pasión.


Pues a esto me refería jaja El caso, mi idea es ir subiendo relatos sobre las nueve musas: Urania, Terpsícore, Talía , Polimnia, Melpómene, Euterpe, Erató, Clío y Calíope. El de Erató es el primero que he escrito. Aunque supongo que por el texto más o menos os lo habréis imaginado, Eritó es la musa de la poesía amorosa. Con el tiempo iré subiendo los relatos de todas ellas, mostrando situaciones en las que me imagino yo que se haya podido encontrar a cada una según de qué sean musas. Pues ya está, una vez explicado esto, espero que os gusten :D